París Belle Époque: nace el cabaret

MÚSICA DE COMEDIA Y CABARET

“El Moulin de la Galette” (1908), gouache de Maurice Utrillo. “El Moulin de la Galette” (1908), gouache de Maurice Utrillo.

Entre 1800 y 1900 París pasó de 80.000 habitantes al millón y medio y se convirtió en el gran centro cultural y mundano del orbe, donde nacían las vanguardias artísticas y las novedades literarias y musicales que se extendían rápidamente por otros lugares. París rezumaba animación, era puro espectáculo, lugar de reencuentro y mezcolanza, de trasgresión y frivolidad.

Montmartre, La Butte, con sus cafés, cabarets, talleres de pintores postimpresionistas, su carácter campestre y bucólico, no dejaba de ser un pueblecito, con animales, huertos y pequeñas casas de campo, un reducto de un mundo que tendía desaparecer en el que todos eran bien recibidos. Pronto se establecieron allí artistas, literatos, músicos…, que le dieron el aire bohemio que siempre lo ha caracterizado. Al tiempo, se llenaba de cafés y tugurios, centros de reunión de poetas, pintores y músicos sin trabajo en…

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‘Le temps des cerises’ cumple 150 años

CAP B

“Tiempo de cerezas”. María M. Minguez (2016).

No abundan las canciones que con 150 años de historia puedan presumir de no haber perdido un ápice de su vigencia. Le temps des cerises, canción bella como pocas, emotiva a más no poder, cargada de historia y de simbolismo, es una de ellas. Si bien debemos precisar que hace 150 cincuenta años se sembró el germen de la misma, es decir, el poema del mismo título que escribió un por entonces poco conocido cantante y poeta, que como tantos otros buscaba en Montmartre el reconocimiento a su trabajo, llamado Jean Baptiste Clément (1836-1903). A este, dos años después, en 1968 le puso música Antoine Renard (1825-1872), antiguo tenor de la Ópera de París que ahora se dedicaba al Music-hall y actuaba en el café-concert Eldorado. Y así nació la canción.

Claro que, antes, tuvieron que conocerse. Y ello ocurrió una noche de 1867, cuando se encontraron por primera vez, conversaron y terminaron entablando una buena amistad. Poco después, Clément propuso a Renard que pusiera música a su poema, lo que este aceptó encantado. Supongo que así sería, pues, si no, difícilmente hubiera podido componer una melodía tan hermosa como el texto.

Por sus ideas revolucionarias –cada día más próximas al socialismo marxista– y por publicar un periódico sin el consentimiento del emperador, Napoleón III, Clément fue encarcelado. Salió en libertad al producirse el levantamiento republicano del 4 de septiembre de 1870 y participó activamente en los hechos de la Comuna de París (marzo-mayo de 1871). Tras la derrota de los communards huyó a Londres, lo que impidió que se cumpliera la condena a muerte que dictó contra él un tribunal de París. Regresó a la capital francesa con la amnistía general de 1880. La canción gozaba de gran popularidad desde 1872 y siempre ha estado asociada a los hechos de la Comuna. En 1882, Clément la dedicó a “La valiente ciudadana Louise –no confundir con la célebre anarquista Louise Michel, una de las figuras más destacadas de la Comuna–, enfermera de la ambulancia de la calle Fontaine-au-roi, el domingo 26 de mayo de 1871”. Sin embargo, cuando en 1885 se publicó Chansons choisies, una selección de sus canciones, la dedicatoria que figuraba en la canción era “Homenaje a Mlle. Pierat [de la Comédie Française]”.

Más allá de todas estas especulaciones, lo cierto es que nos encontramos ante una de las más grandes canciones de amor de la historia, o una de las grandes canciones de la historia, a secas. Una canción tan bella como tierna, un canto a la libertad y la resistencia, con un tono de nostalgia bien entendida: el tiempo de las cerezas es muy corto, pero siempre amaré ese tiempo, viene a decir. O lo que es lo mismo: la lucha por la libertad y contra la opresión podrá ser aplastada muchas veces, podrá durar muy poco la experiencia revolucionaria, pero siempre amaré esos días de alegría que supone combatir por el bien común.

Vamos ya con unas pocas versiones de Le temps des cerises. La primera es la que grabó en 1938 Tino Rossi.

En su álbum Chansons populaires de France (1955), Yves Montand la grabó también y su éxito fue tal que si buscan en internet Le temps des cerises verán que en más de una ocasión se cita como si hubiera sido compuesta a tal efecto. Escuchemos la versión de Montand.

Y de gran voz masculina a gran voz femenina sin salirnos de 1955, pues también ese año la grabó esa magnífica cantante francesa que fue Cora Vaucaire, “La Dama Blanca de Saint-Germain-des-Prés”.

A otra grande, Juliette Gréco, corresponde esta versión de 1982 que se incluyó en el álbum Juliette Gréco: Jolie Môme/Accordéon en 1983 y más tarde, en 1993, en el álbum Vivre dans l’avenir (reeditado en 2002 con el título Le temps des cerises).

Finalizamos la entrada con la versión de la cantante, compositora y actriz japonesa Tokiko Kato perteneciente a la banda sonora de la película de animación, también nipona, estrenada en 1992, Porco Rosso.

Que pasen un muy buen fin de semana.

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* La imagen que ilustra este artículo es un montaje con tres ilustraciones de María M. Míguez, quien tuvo el bello detalle de pintarlas (y también de escribir un poema) inspirándose –son sus palabras– en mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015).

París Belle Époque: canciones de cabaret (1890-1905)

CAP

Nos ocupamos hoy de algunas de las canciones más conocidas del periodo comprendido entre 1890 y 1905 que se interpretaban en los escenarios musicales de los cabarets y locales parisinos cuyo ambiente describíamos el pasado lunes en la entrada “París Belle Époque: nace el cabaret”. Grandes éxitos del momento, algunos más olvidados que otros, que forman parte de la historia de la música ─iba a decir popular, pero no creo en la distinción entre una música ‘popular’ y otra ‘culta’─ y se siguen grabando, cantando, escuchando, bailando o tarareando.

Comenzamos con La sérénade du pavé (La serenata del pavimento), una canción de 1894 con letra y música de Jean Varney que ha formado parte del repertorio de, entre otros, Eugénie Buffet, Fragson, Claudius o Édith Piaf. Hermosa canción un tanto olvidada de la que no hemos encontrado vídeo alguno en que fuera interpretada en directo. Lástima. De lo poco que hay disponible, nos quedamos con un vídeo con la versión de Eugénie Buffet ─que contaba con sesenta y seis años de edad cuando grabó el tema─ y recoge imágenes de la cantante y del Montmartre de la época.

“Le Chalet du Cycle au Bois de Boulogne” (1899), óleo de Jean Béraud.

“Le Chalet du Cycle au Bois de Boulogne” (1899), óleo de Jean Béraud.

Frou-frou es una canción de 1897 con letra de Monréal et Blondeau y música de Henri Chatau, quienes la compusieron para la revista Paris qui marche. Otra estupenda canción, un éxito hasta nuestros días desde que la cantara por primera vez Juliette Mealy, de la que sorprende los pocos registros en vídeo que existen. Frou-frou es una palabra onomatopéyica que se emplea en Francia desde el siglo XVIII ─cosas de la moda─ para expresar el sonido que hace la seda y otras finas telas al frotarse entre ellas. En 1992 el término fue recogido el Diccionario de la Lengua Española de la RAE para expresar “el ruido que produce el roce de la seda o de otra tela semejante”. De seda y “telas semejantes” se confeccionaban las enaguas que usaban las mujeres francesas. En principio, las amantes, pues las damas de la alta sociedad preferían el algodón. Se supone que este, menos fino y suave, era más apropiado y recatado. Pero en el último tercio del siglo XIX la bicicleta se popularizó especialmente entre las mujeres. Con ella podían moverse con mayor libertad. Por ejemplo, pasear y “perderse” en el Bois de Boulogne. Y, claro, al ir en bicicleta las finas telas rozaban entre ellas, como en los bailes, como en la calle con la acción del viento. Frou-froufrou-frou… Roce, roza, mejor rocémonos. Este es un vídeo nuestro con la versión de Berthe Sylva de 1930.

À la cabane bambou –canción ‘colonial’ de Paul Marinier que lanzó a la fama a Mayol, cantante y artista de variedades muy popular en tiempos de la Belle Époque– fue uno de los grandes éxitos de 1899. Vemos a Mayol interpretar el tema en este vídeo que recoge dos fonoescenas de 1906, una de ellas coloreada en la que canta Questions indiscrètes (1901, música de Gaston Maquis y letra de Alexandre Trébitsch y Georges de Nola). La fonoescena es un precedente del cine sonoro, que inventó Léon Gaumont, que permitió por primera vez sincronizar imagen y sonido (sobre cilindro). La directora de cine francesa Alice Guy fue la pionera en realizar este tipo de filmes, rodando entre 1900 y 1906 más de cien fonoescenas para Gaumont. Como verán, el vídeo está comentado por Maurice Chevalier.

El amor era –¡cómo no!– un tema recurrente en la Belle Époque, pero no solo ese amour fou resultante de la idealización del momento histórico que se veía con el optimismo propio de una sociedad convencida de su prosperidad y de la solidez del capitalismo liberal y la democracia parlamentaria a pesar de la crudeza de las tensiones sociales y de les formulaciones revolucionarias. Al fin y al cabo “los amores son frágiles” –también lo era la infundada euforia que inundaba a la mayor parte de la sociedad– como nos dice esta canción que compuso en 1899 el compositor e intérprete, de gran éxito durante los años de la Belle Époque, Fragson, Les amours fragiles (con letra de Alexandre Trébitsch), que escuchamos en una grabación de 1929 a cargo de Fred Gouin y la orquesta de André Cadou.

Esther Lekain, cantante belga francófona activa durante más de 70 años que comenzó en París, en el cabaret Parisiana (abierto en 1894) su carrera, obtuvo uno de sus primeros éxitos con Ça ne vaut pas l’amour (canción de 1903 compuesta por Perpignan y Trebitsch).

Pocos vídeos hay también de Fascination, vals más que popular. ¿Qué decir de él? ¿Quién no lo ha escuchado, tarareado, alguna vez? La canción fue compuesta en 1905, con letra de Maurice de Féraudy y música de Fermo Marchetti. En esta ocasión, afortunadamente, contamos con una versión excelente de la grandísima Elis Regina grabada en Lisboa, en el teatro Villaret, en 1978.

Más de lo mismo. La Matchiche es otra famosa canción de 1905 con letra de José Juan Cadenas adaptada por Paul Briolet y Léo Lelièvre y música de P. Badia con arreglos de Charles Borel-Clerc. La machicha es un procaz baile de origen brasileño en el que uno de los bailarines, generalmente dos bailarinas, una detrás de la otra, acomete con su pelvis el trasero de la compañera. Cadenas vivía por entonces con La Fornarina (Consuelo Vello), y fue esta quien estrenó el tema, con el título Aventuras de don Procopio en París, en Kursal Central de Madrid en 1907. Cadenas ─periodista, traductor, autor de obras para el teatro musical y hombre del mundo del espectáculo─, el Pigmalión de La Fornarina, fue nombrado por entonces corresponsal de ABC en París. Y con él se fue La Fornarina, que debutó en el Apollo Théâtre de París, en un espectáculo con Pastora Imperio y artistas de diversos países. El tema ganó enseguida la simpatía del público y pasó a ser La Matchiche.

Desgraciadamente, hace tiempo que nadie graba la canción. El vídeo que incluimos, y con el que finalizamos la entrada de hoy, comienza con la grabación de Mayol y corresponde al espectáculo que dio la compañía Réverénces en el marco del festival de la localidad francesa de Brindas de 2010.

Que pasen un buen día.

París Belle Époque: nace el cabaret

“El Moulin de la Galette” (1908), gouache de Maurice Utrillo.

“El Moulin de la Galette” (1908), gouache de Maurice Utrillo.

Entre 1800 y 1900 París pasó de 80.000 habitantes al millón y medio y se convirtió en el gran centro cultural y mundano del orbe, donde nacían las vanguardias artísticas y las novedades literarias y musicales que se extendían rápidamente por otros lugares. París rezumaba animación, era puro espectáculo, lugar de reencuentro y mezcolanza, de trasgresión y frivolidad.

Montmartre, La Butte, con sus cafés, cabarets, talleres de pintores postimpresionistas, su carácter campestre y bucólico, no dejaba de ser un pueblecito, con animales, huertos y pequeñas casas de campo, un reducto de un mundo que tendía desaparecer en el que todos eran bien recibidos. Pronto se establecieron allí artistas, literatos, músicos…, que le dieron el aire bohemio que siempre lo ha caracterizado. Al tiempo, se llenaba de cafés y tugurios, centros de reunión de poetas, pintores y músicos sin trabajo en los que los bohemios que allí se encontraban y reunían para separarse del mundo exterior atraían y divertían una clientela muy respetable y burguesa.

Cabarets du Ciel y de l’Enfer.

Cabarets du Ciel y de l’Enfer.

Los antiguos café-concerts dieron paso a los nuevos cabarets, lugares que combinaban diversión y ácida crítica a la moral y costumbres de la época, locales de todo tipo en los que se podía desde bailar un desenfrenado cancán a escuchar las canciones mordaces y anarquizantes de cantautores como Aristide Bruant. Los cabarets empezaron a proliferar, especialmente en Montmartre. Junto a algunos viejos café-concerts como el Lapin Agile ─uno de los más antiguos de París cuyo nombre había sido el de Cabaret de los Asesinos─ o salas de baile como el Moulin de la Galette, abrieron sus puertas muchos más, entre ellos Le Chat Noir –que pasa por ser el primero de estas características–, el Mirliton, el Divan Japonais ─antes Café de la Chanson, con exótica decoración oriental─, el Bataclan, La Cigale o Eldorado, además de otros que competían por ser el más original. Así, había un Cabaret du Ciel y otro de l’Enfer, en el boulevard de Clichy, separados únicamente por una pared medianera. En el primero, los clientes se encontraban en una atmósfera rodeada de nubes, ángeles y arpas, mientras que en su opuesto, aunque vecino, parecían hallarse en el infierno, con los camareros vestidos de demonios, teniendo que acceder al local a través de las amenazadoras fauces de un monstruo de grandes ojos en las que aparecían colgados los cuerpos de los pecadores. Un tercero, el Café des Truands, ofrecía la novedad de que los clientes tuvieran que enfrentarse a bandidos y criminales de opereta.

Vamos con un vídeo que elaboramos en su día para nuestro blog y titulamos como esta entrada –que ha resultado ser el más reproducido de cuantos hemos hecho– con imágenes de estos y otros cabarets y de las figuras que en ellos triunfaron.

El primer piso de Le Chat Noir de la calle Victor Massé, donde se proyectaba el famoso teatro de sombras. Dibujo de Caran d'Ache (1889).

El primer piso de Le Chat Noir de la calle Victor Massé, donde se proyectaba el famoso teatro de sombras. Dibujo de Caran d’Ache (1889).

Le Chat Noir, el célebre local de Rodolphe Salis, se considera, como decíamos, el primer cabaret en el sentido moderno de la palabra. Un gato negro de larga cola era su emblema y en los tres pisos que tenía el edifico que ocupaba había cervecería, restaurante, cenáculo literario, taller de pintura y un singular teatro de sombras. Un establecimiento, pues, tan heterogéneo como sus clientes. Aquí empezó Bruant y Erik Satie se ganó la vida un tiempo tocando el piano. El tema que sigue es precisamente una canción de Erik Satie para cabaret (con texto de Henry Pacory) compuesta en 1902, Je te veux, un vals lento y sentimental de de quien había sido pianista de Le Chat Noir y La Scala. Lo escuchamos por la soprano francesa Marie Devellereau acompañada del pianista Cédric Tiberghien.

lautrec_ambassadeurs_aristide_bruantAristide Bruant marchó de Le Chat Noir siendo ya un conocido cantante y abrió otro mítico local: el Mirliton, donde hacía gala de su corrosivo humor metiéndose con la clientela e interpretaba sus propias canciones, cuyos protagonistas eran los obreros y los desheredados del sistema que vivían en las afueras. El Mirliton –un local sin grandes alardes ornamentales, con mesas rectangulares y sillas de madera, lámparas de varios brazos colgando del techo y un piano sobre una pequeña tarima junto a la entrada– alcanzó gran renombre gracias a la personalidad de Bruant, un tipo procaz, atrevido y tan buen comunicador como fuerte de carácter que el día de la inauguración de su cabaret dio rienda suelta a su temperamento metiéndose con la escasa clientela que acudió, la cual –para asombro suyo– lejos de molestarse se regodeó con su actitud, actitud que ya no abandonó. Cuando se retiró, en pleno éxito, le sustituyeron dobles. Bruant fue, así, probablemente, el primero en vivir de su imagen.

Veamos una recreación del ambiente de aquellos cabarets más “intelectuales”, el Mirliton en este caso, a cargo del Cabaret Aristide Bruant en una actuación en el Palais Mascotte de Ginebra de 2009. Interpretan Le chat noir, composición de Bruant sobre el mítico cabaret homónimo. “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”, dice la letra.

Cartel de Mappiello de 1900.

Cartel de Mappiello de 1900.

Serían, no obstante, el Moulin Rouge y el Folies Bèrgere los cabarets que alcanzarían mayor renombre. Todavía en activo, su modelo de espectáculo de variedades ha sido ampliamente seguido, copiado y reinventado.

Se inauguró el Folies Bèrgere en 1869 como teatro de ópera, sin gran éxito. Sin embargo, en 1871, se hizo cargo de la dirección Léon Sari, avispado hombre del mundo del espectáculo, que lo transformó en sala de variedades. Triunfó. Tanto que inspiró a empresarios de otros países, como a Florenz Ziegfeld para su serie de espectáculos de Broadway Ziegfeld Follies. El vídeo que figura bajo estas líneas, en italiano, es prácticamente el único que hemos conseguido localizar con imágenes históricas del cabaret.

Años después, en 1899, Charles Zidler y el catalán Josep Oller abrían el Moulin Rouge. El cancán tenía aquí grandes bailarinas, como La Goulue, Lili-Jambes-en-l’air o Nini-Pattes-en-l’air. Diversión, frenesí, desenfreno… La Belle Époque parecía no tener fin. Lo tuvo, claro.

El Moulin Rouge en 1900.

El Moulin Rouge en 1900.

La película de John Huston Moulin Rouge, de 1952, con José Ferrer, Zsa Zsa Gabor, Colette Marchand, Claude Nollier, Katerine Kath, Suzanne Flon, Christopher Lee y Peter Cushin, es un excelente filme que retrata de forma fidedigna y verosímil el París de finales del siglo XIX, en plena Belle Époque a través del pintor Toulouse-Lautrec (magnífica interpretación de José Ferrer). Desgraciadamente, pocos vídeos hemos encontrado de la misma. Los que en su día incluimos en la entrada que dedicamos al Moulin Rouge han sido bloqueados por motivos de derechos de copyright. Nos tendremos que conformar con el tráiler para apreciar el ambiente que reinaba en el famoso cabaret en aquella época y, por extensión, en la mayoría de los locales de ocio nocturno.

Terminamos con unos momentos de otra gran película: French Cancan, de 1954, dirigida por Jean Renoir, con Jean Gabin, María Félix, Françoise Arnould, Michel Piccoli y algunas estrellas de la canción francesa como Édith Piaf y Patachou. Recrea el ambiente tanto o más fidedignamente que la anterior. Al igual que con el filme de Huston tampoco puede insertarse ya el vídeo que formaba parte de nuestra entrada mencionada. El que sigue es una selección, a modo de tráiler, de algunas de sus secuencias más significativas.

Que tengan un buen día.

De cabaret con Toulouse-Lautrec. 150 años de su nacimiento

CAP - 2

Se cumplen hoy 150 años del nacimiento de Henri de Toulouse-Lautrec, uno de los pintores más geniales de todos los tiempos (no solo de la época postimpresionista). Pintor y cartelista de calidad incuestionable, su obra hace que nuestra imaginación se traslade inmediatamente al bullicioso París de finales del siglo XIX y sus cabarets de Montmartre, que con tanto acierto plasmó para siempre.

Toulouse-Lautrec en 1892.

Toulouse-Lautrec en 1892.

Nació en la localidad de Albi (región de de Mediodía-Pirineos, sureste de Francia) el 24 de noviembre de 1864 en el seno de una familia aristocrática que descendía de los condes de Tolosa. Tuvo una infancia feliz y creció con un gran amor por el deporte, pero como consecuencia de dos caídas que sufrió cuando era adolescente –en 1878 y 1879– se le atrofiaron los huesos de las piernas y estas se le quedaron cortas para siempre. Eso hizo que su estatura fuera de 1,52 metros. Toulouse-Lautrec tomó siempre su condición física con estoicismo y no la comentaba nunca si no era en broma. “Soy como una tetera, de patas cortas y pitorro largo”, decía. Por otra parte, sus problemas físicos le permitieron olvidar los estudios y dedicarse plenamente al dibujo. Y esa capacidad de reírse de sí mismo contribuyó sin duda a que mujeres tan hermosas como Suzzane Valadon se sintieran atraídas por él. No era el hombre amargado que tantas veces se supone.

Moulin rouge - La Goulue (1891)

“Moulin Rouge: La Goule” (1891), litografía.

Marchó a París en 1881 y entró en el taller de Léon-Joseph Bonnat –pintor francés de la corriente del realismo pictórico– un año después. Sus primeras obras fueron de tema militar e hípico. En 1885, al cumplir 21 años, recibió una asignación monetaria y estableció su propio estudio en Montmartre, donde llevó una vida bohemia sin necesidades económicas dada su fortuna personal. En 1886 conoció a Van Gogh en la escuela de Cormon y entró en contacto con los pintores impresionistas y postimpresionistas.

En Montmartre frecuentó sus cafés, cabarets, Music-halls, teatros, prostíbulos…, y a partir de 1888 empezó a pintar escenas de todos aquellos lugares. Muchas de estas obras las pintó sobre tela o sobre cartón, con colores disueltos en esencia, logrando así una gran espontaneidad en el trazo, mediante el cual quería expresar el movimiento, una de sus grandes preocupaciones. En 1891 realizó su primer cartel para el Moulin Rouge, representando a La Goulue, Louise Weber, conocida –como La Goulue por su glotonería– y Jacques Renaudin –un comerciante de vinos durante el día que era bailarín por las noches– apodado Valentin le Désossé (el deshuesado), por su agilidad. El cartel tuvo una excelente acogida tanto por parte del público como por la de la crítica y dio una gran popularidad a Toulouse-Lautrec.

Desde entonces, bajo la influencia de la estampa japonesa, se consagró a la litografía en colores, que le permitió desarrollar su estilo sintético y el arabesco lineal. Hizo numerosísimos carteles para la mayoría de los cabarets parisinos. Cultivó también el pastel y la ilustración para revistas humorísticas.

A pesar de su estilo de vida notoriamente disipado era un dibujante muy consciente y siempre llegaba a la hora al taller –incluso después de pasar toda la noche bebiendo– para supervisar la impresión de sus litografías. La obra de Lautrec, con sus fascinadoras y atrevidas formas, ejerció una influencia realmente decisiva para que tanto las litografías como los carteles llegaran a alcanzar el reconocimiento de categoría de arte.

El alcoholismo y la vida disoluta que llevaba –padecía de sífilis– le provocaron una crisis en 1899 de la que ya no se recuperó, falleciendo en el castillo de Malromé (comuna de Saint-André-du-Bois), propiedad de su madre, el 9 de setiembre de 1901, a los 36 años.

Hecho este esbozo biográfico, vayamos con la entrada propiamente dicha, es decir, vayamos con él de cabaret. Me explico: hemos seleccionado 15 obras suyas –incluyendo el cartel que acaban de ver–, de los cabarets que visitaba y que tan magníficamente representó para, a través suyo, mostrar el ambiente de aquel Montmartre de la Belle Époque. A ello hemos añadido una serie de vídeos con algunas de las canciones compuestas entre 1885 (cuando se fue a vivir a Montmartre) y 1901, año en que falleció, canciones que posiblemente escucharía y que, en consecuencia, siempre que nos ha sido posible, hemos elegido la versión más cercana a la época o la más fiel, en función del año en que Lautrec creó cada una de las obras que aquí figuran. Prima, pues, el documento histórico.

“En el Moulin de la Galette” (1889)

“En el Moulin de la Galette” (1889)

Comenzamos con “En el Moulin de la Galette”, un óleo sobre tela que pintó en 1889. Este antiguo molino de viento se transformó a mediados del siglo XIX en una especie de merendero de ambiente popular, pero de noche era otra cosa: en su interior había una gran pista de baile rodeada por una balaustrada de madera con un banco corrido en el que se sentaban las muchachas a la espera de ser invitadas a bailar. Detrás había mesas con asientos y al fondo se situaba la orquesta, concluyendo el baile con la actuación de una “cuadrilla” de bailarinas. Es aquí donde conoció a la que luego sería su modelo preferida, La Golue, y a Valentin le Désossé. El lugar no era precisamente recomendable y la policía vigilaba para que no se produjeran las clásicas peleas a navajazos, pero no faltaba la clientela dada al flirteo fácil o la prostitución encubierta.

“En el Moulin Rouge: el baile” (1890)

“En el Moulin Rouge: el baile” (1890)

Justo el año en que Lautrec pintó esta obra abría sus puertas el Moulin Rouge, que combinaba la diversión y el frenesí tan característicos de los cabarets de la época con el refinamiento y el lujo. En otro óleo, Lautrec plasmó perfectamente su ambiente en 1890: “En el Moulin Rouge: el baile”. Veamos cómo recrearon, muy fidedignamente,  el cabaret y su época dos grandes directores de cine: John Huston y Jean Renoir en sus respectivas películas de 1952 Moulin Rouge –con un inmenso José Ferrer en el papel de Toulouse-Lautrec– y 1955 French Cancan.

“Aristide Bruant en su cabaret” (1892)

“Aristide Bruant en su cabaret” (1892)

Una de las litografías más conocidas Toulouse-Lautrec es “Aristide Bruant en su cabaret” (1892). El cartel lo realizó con motivo de la actuación de Bruant en el Ambassadeurs, el mejor café-concert al aire libre de París, situado en los Campos Elíseos. Bruant, uno de los personajes más emblemáticos de la noche de Montmartre, empezó cantando en Le Chat Noir sus propios temas, en los que hablaba de las angustias y desdichas de obreros y marginados utilizando el lenguaje de la calle.

Alcanzó una enorme popularidad y llegó a abrir su propio cabaret en 1881: el Mirliton. La que sigue es una actuación de la compañía Cabaret Aristide Bruant, que recrea el ambiente del Mirliton, en el Palais Mascotte de Ginebra (2009). La canción que interpretan –de Bruant, por supuesto– lleva por título Les canuts, como se conoce a los tejedores de seda (canuts) de Lion que protagonizaron diversas revueltas de entre 1831 y 1849.

Izquierda: “La Goulue y Môme Fromage en el Moulin Rouge” (1892), litografía. Derecha: “La Goulue en el Moulin Rouge” (1892), óleo sobre cartón.

Izquierda: “La Goulue y Môme Fromage en el Moulin Rouge” (1892), litografía. Derecha: “La Goulue en el Moulin Rouge” (1892), óleo sobre cartón.

La Goulue se convirtió en una de las  grandes estrellas del Moulin Rouge y, como decíamos antes, pasó a ser una de las modelos preferidas de Lautrec. En 1892, este empezó una serie de litografías –en edición limitada de cien ejemplares que vendía a veinte francos cada uno– en muchas de las cuales La Golue era la protagonista. Es el caso de las dos que figuran arriba, en las que vemos a la bailarina con Môme Fromage (izquierda), otra bailarina famosa a la que llamaban la “hermana de La Goulue” por la relación lésbica que las unía. También en la litografía de la derecha aparece esta (izquierda) con Nini Patte en L’Air, llamada así por la facilidad con que levantaba las piernas bailando el cancán. A La Golue (La Glotona) está dedicado este vídeo que recoge fotografías suyas y finaliza con una breve secuencia de un corto de 1928, un año antes de su muerte, cuando vivía en una vieja caravana en Montmartre y se dedicaba a vender cigarrillos y cacahuetes cerca del Moulin Rouge. La música es el famoso cancán (galop infernal) de Orfeo en los infiernos, de Jacques Offenbach, seguido de la Gnossienne número 5 (1889), de Erik Satie.

Izquierda: “Yvette Guilbert” (1894) cuando actuaba en el Divan, óleo sobre cartón. Derecha: “Jane Avril en el Jardin de Paris” (1893), litografía.

Izquierda: “Yvette Guilbert” (1894) cuando actuaba en el Divan, óleo sobre cartón. Derecha: “Jane Avril en el Jardin de Paris” (1893), litografía.

Vamos ahora al Divan Japonais, café-concert que desde 1883 frecuentaba la bohemia parisina. La moda por lo exótico, y concretamente por lo oriental, estaba perfectamente representada en el Divan. Su interior lucía farolillos y pinturas sobre seda con muebles de bambú y de madera esmaltada de rojo y negro, los camareros iban disfrazados de mousmés. La alegría, la diversión, se reflejaba en los animados rostros de los presentes, predispuestos a disfrutar y satisfacer con voluptuosidad los placeres de los sentidos, los de la vista y el oído, de los del gusto se encargaban los mousmés, en constante ajetreo, con las bandejas llenas de copas y vasos y botellas de ajenjo, cerveza, vino, coñac, champagne… Yvette Guilbert, actriz y cantante de cabaret parisina de las más famosas de la Belle Époque, se presentó en el Divan en 1891. Suya es la música de Madame Arthur, canción que compuso en 1892 sobre un poema de Paul de Kock de mediados del siglo XIX. El vídeo nos ofrece diversas imágenes de la actriz, cantante y ocasional compositora.

También el Divan fue el trampolín que lanzó a la fama a Jane Avril, bailarina de cancán del Moulin Rouge que en 1893 debutó en el café concierto Jardin de Paris como cantante. Para la ocasión se encargó un cartel a Lautrec debido al éxito obtenido con el de Bruant el año anterior. Se hizo una tirada de 3.000 ejemplares que decoraron las calles parisinas, siendo la obra muy alabada por la crítica. Zsuzsi Soboslay es la artista que hace esta perfecta imitación de Avril y sus movimientos en el siguiente vídeo. Lástima la mala calidad de la imagen.

“Caudieux” (1893), litografía.

“Caudieux” (1893), litografía.

Otro referente de la época fue el cantante cómico Caudieux (Ferdinand Célestin Caudieux) –habitual de los cabarets Eldorado, Ambassadeurs y Petit Casino–, quien alcanzó su punto culminante en 1893, momento en el que fue retratado por Toulouse-Lautrec para publicitar su actuación en el Petit Casino. El centro de atención de la obra, en la que Caudieux se nos muestra  rebosante de energía, algo muy habitual en él, lo encontramos una vez más en el rostro del personaje, rebosante de energía y vitalidad.

Escuchamos a Caudieux, también conocido como el Hombre-cañón, en una grabación de 1909 interpretando uno de sus grandes éxitos: La Marche des 13 jours.

Guilbert-Abril 2

La admiración que Toulouse-Lautrec sentía por Yvette Guilbert y Jane Avril se plasmó en varias obras más. De la primera, llegó a hacer dos álbumes de litografías en 1894 para cuya portada eligió los famosos guantes de la diva, su elemento identificativo por excelencia.  Jane Avril le encargó este cartel para la actuación de la Troupe de Mademoiselle Églantine en Londres. Al no disponer de mucho tiempo, utilizó como base una foto de las bailarinas y modificó a su buena amiga, que aparece al final. El vídeo que sigue pertenece al espectáculo Toulouse Women/Moulin Rage (2008), improvisado en base a diversas canciones populares de finales del siglo XIX, en el que la multifacética artista Phoebe Legere y el drag-queen Ethel Eichelberger encarnan respectivamente a Yvette Guilbert y Jane Avril. Excepto la canción del principio, el resto es en inglés.

 T-L comp. 3

Cuando La Golue tuvo que abandonar el Moulin Rouge en 1895 por problemas de sobrepeso abrió una caseta en la Foire de Trône, donde actuaba con su compañero Valentin le Désossé. Fue entonces cuando Lautrec pintó el óleo “La Goulue y Valentin le Desossé”. Del mismo año es “La payaso Cha-U-Kao en el Moulin Rouge” –también un óleo sobre lienzo– y de 1896 este dibujo realizado con tinta china de Chocolat, un payaso procedente de Bilbao que actuaba siempre en compañía del inglés George Footit. Ambos llevaron a cabo una exitosa gira europea presentándose en París en Nouveau Cirque.

Por aquellos años, Toulouse-Lautrec comenzó a frecuentar aquellos bares que permanecían abiertos toda la noche debido a su elevado grado de alcoholismo. Aquejado también de sífilis, fallecía en 1901. Aunque no sea un vídeo musical finalizamos la entrada con la secuencia final del filme de John Huston, Moulin Rouge, en la que este refleja sus últimos momentos.

Que tengan un buen día.

 

Bajo el influjo de la luna

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La luna, ese astro que, como decía Jaime Sabines, “se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas”, que “alivia a los que se han intoxicado de filosofía” y del que un simple pedazo en el bolsillo “es mejor amuleto que la pata de conejo”, ha sido asociado a lo largo de la historia de la humanidad a toda clase de simbolismos y creencias. Misteriosa, mágica, ha inspirado religiones, mitos y supersticiones, y algunos rituales a ella asociados siguen vigentes hoy en día. Ha servido para medir el tiempo (todos los calendarios de la antigüedad eran lunares) y se le han atribuido toda clase de poderes. Así, la piedra lunar (feldespato) era usada en la Edad Media con fines curativos y protectores.

“La marcha de la luna” (2014), de Ronald Companoca.

“La marcha de la luna” (2014), de Ronald Companoca.

Fuente de creatividad, su influjo en la poesía, la narrativa y la literatura en general, el cine y, cómo no, la música ha sido más que notable. No son pocos los que han sucumbido a su enigmático hechizo y han cantado sus excelencias, la han pintado de todos los colores, bailado bajo su luz e incluso buscado su lado más oscuro. Prueba de ello son los temas que presentamos en la entrada de hoy, una selección –arbitraria por supuesto, todas lo son– de melodías compuestas sobre o para ella. Naturalmente, de los géneros de que se ocupa Música de Comedia y Cabaret.

Comenzamos con la que es la canción más versionada de cuantas existen sobre la luna: la hermosa y conocidísima Moon River. Con letra de Johnny Mercer, fue compuesta por Henry Manicini expresamente para Audrey Hepburn, para su papel en la película de Blake Edwards Desayuno con diamantes (1961), y resultó ganadora del Oscar a la Mejor canción original de los filmes estrenados ese año. Moon es un río real, situado en Savannah (Georgia, Estados Unidos), de donde era Johnny Mercer, cuya casa daba al río que tan buenos recuerdos le traía. Hasta entonces este era conocido como The Back River, pasando a denominarse Moon a raíz del éxito de la canción. Río de la Luna, viejo creador de sueños, rompecorazones, fiel amigo, canta Audrey Hepburn en la famosa secuencia de Desayuno con diamantes.

Casi cien años antes, en 1866, el cantante francés de cabaret que componía sus propias canciones, Aristide Bruant, llegaba a París y se establecía en Montmartre en busca de la fama. “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”, cantaba en su canción Le Chat Noir. Y la consiguió. En este cabaret, Le Chat Noir, logró hacerse celebre, ganar dinero y abrir su local: el Mirliton, donde cantaba por las noches, a la luz de la luna. La versión que sigue corre a cargo del Cabaret Aristide Bruant en una actuación en el Palais Mascotte de Ginebra de 2009.

Antes de finalizar el siglo XIX, en 1899, Paul Lincke estrenaba la opereta Frau Luna (Señora Luna). Tres jóvenes de Berlín viajan a la Luna en un “barcoluna” (una especie de globo). La señora Luna (Frau Luna) está encantada de verlos. Por fin algo nuevo sucede en su aburrido reino, cuyo último visitante había sido el emigrante de la Tierra Theophil, hacía ya años. De nuevo en Berlín, Theophil se enamora de una mujer al tiempo que Frau Luna lo hace de Steppke (uno de los jóvenes). La Tierra y la Luna se acercan, lo que desencadenará algunos enredos. Pero todo saldrá bien. Vamos con la Señora Luna (la soprano Grit van Jüten) en este número de la opereta (“Lasst den Kopf nicht hängen”) correspondiente a la producción alemana de la misma para televisión de 1979.

La valse brune, como su título indica, es un vals, un bello vals, el vals de “los caballeros de la luna”, es decir, de la noche, para bailarlo en la oscuridad, en un rincón oscuro, con la única luz de la luna. Fue compuesto por Georges Krier en 1909 y ocupa un lugar de honor en la chanson, pues nunca ha dejado de grabarse, especialmente desde que lo incorporara a su repertorio la gran Juliette Gréco en 1957. Lo interpreta el cantante y compositor francés Guy Béart en una actuación en la televisión francesa de 1983.

Volvemos a la opereta con Lover Come Back For Me. La música es de Sigmund Romberg y la letra de Oscar Hammerstein II. “El cielo estaba azul (…) / había luna nueva / y surgió nuestro amor (…) / [Te fuiste, pero] vuelve conmigo”, dice la letra de esta canción de 1928 de la opereta de Broadway The New Moon (La luna nueva) que interpreta Barbra Streisand en el programa  especial de la cadena de televisión estadounidense CBS de 1965 My name is Barbra.

19812-venerd-la-notte-della-luna-blu-il-secondo-plenilunio-allinternoOtra de las canciones más versionadas de la historia es Blue Moon, magnífica composición de 1934 obra de Richard Rodgers y Lorenz Hart. Se estrenó en la película Manhattan Melodrama (El enemigo público número 1) con el titulo “The Bad in Every Man”, siendo interpretada por Shirley Ross en el Cotton Club. No tuvo demasiado éxito, pero la MGM decidió explotarla comercialmente. Se cambió el título (más pegadizo), pasando a denominarse Blue Moon, y parte de la letra (más romántica) a pesar de las reticencias de Hart. Esta quedó más o menos así: “Luna triste (azul), me viste tan solo (sola), / sin un sueño en mi corazón, / sin un amor. / Luna triste (azul), tú sabías porqué estaba allí, / me escuchaste rezar por / importarle a alguien a quien poder amar. / Y de repente apareció ante mí / la única que mis brazos podían abrazar. / Oí a alguien susurrar: ‘Por favor, ámame’. / Miré y la luna se había vuelto dorada. / Luna triste (azul), ahora ya no estaré solo (sola), / sin un sueño en mi corazón, / sin un amor”. Fantástica versión la que sigue por la gran cantante italiana Mina, en estudio para su álbum L’allieva (2005).

Fly me to the Moon (Llévame volando a la Luna), fue compuesta en 1954 Bart Howard. Cantada por primera vez por Felicia Sanders en cabarets, fue titulada originalmente In Other Words (En otras palabras). “Llévame a la luna / déjame jugar entre las estrellas / (…) / Llena mi corazón de canciones, / déjame cantar para siempre. / Tu eres todo lo que deseo, / todo lo que admiro y adoro”. Frank Sinatra grabó la canción en 1964 en el álbum It Might as Well Be Swing, con Count Basie. Veámosla en una actuación suya en directo de ese mismo año.

Otro fantástico estándar es How High the Moon, canción de Nancy Hamilton (letra) y Morgan Lewis (música) que se interpretó por primera vez en la revista musical de Broadway Two for the Show (1940). La primera versión fue grabada ese mismo año por Benny Goodman y su orquesta. La versión que incluimos –en un momento del programa de televisión The Nat King Cole Show de 1957– está interpretada nada menos que por el propio Cole, June Christy y Mel Tormé. “En algún lugar del cielo hay música, / un lugar tan etéreo como esta canción, / tan alto como la luna”.

Finalizamos con un tema de 1950 de la película Pagan Love Song: “The Sea of the Moon”, original de Harry Warren (música) y Arthur Freed (letra). Los directivos de la MGM decidieron finalmente que sería mejor doblar a Esther Williams en los números musicales, y así lo hicieron. No obstante, en el vídeo que vemos a continuación, anterior al montaje definitivo de la película, es la propia Williams quien canta. “Ven conmigo al mar de la luna. / Ven a soñar conmigo”.

Que disfruten de un buen día.

125 años de El Moulin Rouge

Se cumplen hoy, 5 de octubre, 125 años desde que el mítico cabaret Moulin Rouge –el más famoso del mundo– abriera por primera vez sus puertas. Su inauguración fue un tremendo éxito que hacía augurar un próspero futuro, aunque probablemente ni los más optimistas vaticinios hacían prever que hoy seguiría llenándose día a día.
Con motivo, pues, del 125 aniversario del Moulin Rouge, reblogeamos la entrada que en su día publicamos sobre él.

MÚSICA DE COMEDIA Y CABARET

CAP 2

En 1889 Josep Oller y  Charles Zidler hacían realidad su proyecto de montar una lujosa sala de espectáculos que pronto se convertiría en el cabaret más famoso de todos los tiempos: el Moulin Rouge. Ese año París celebraba su cuarta Exposición Universal desde 1855, y con tal motivo, y entre otras construcciones realizadas para el evento, destacaba un novedoso monumento de hierro: la Torre Eiffel. Con sus trescientos metros de altura, era la construcción más alta del mundo, su colosal volumen, su estilizada y geométrica figura, se divisaban desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, como podemos apreciar en este vídeo –un fotomontaje con música de Scott Joplin– sobre la Exposición Universal de 1899.

Josep Oller Josep Oller

Josep Oller, un catalán nacido en Terrassa en 1839 pero educado en París –donde residía con su familia desde 1841– era un hombre inquieto que viajó por medio mundo y que en 1865…

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