Capítulo XI.2. Primera parte

EL CORTO TIEMPO DE LAS CEREZAS

XI.2_1a

―Por favor, madame Couture, deje en paz las cortinas, échelas de nuevo.

―¿Pero usted sabe qué hora es? Las once nada menos. Y todavía en la cama. Claro, vendría de madrugada, con el sol fuera ¿verdad?

―Yo qué sé, madame Torture ─Samuel solía llamarla así a veces jugando con la similitud de pronunciación de ambas palabras─. Es usted incansable, ya me levanto, ya.

―No cambiará nunca.

―¿A estas alturas de la vida?

―Nunca es tarde para sentar la cabeza. Todas las noches por ahí, de cafés y cabarets, con esa gente que no tiene donde caerse muerta.

―Gente interesante, señora mía.

―¿Interesante? Y ahora me dirá que también juiciosa y talentosa.

―Lo de juiciosa ciertamente nunca lo afirmaría, pero le aseguro que entre ellos hay mucho talento.

 ―Pues no sé para qué les sirve. Su hija sí tiene talento, aunque no sé cómo lo conserva, con su ejemplo…

―Por cierto…

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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