Capítulo IX.3

EL CORTO TIEMPO DE LAS CEREZAS

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Monllor, Bernácer y Samuel pasaron la noche en vela, alguna que otra cabezada y poco más. Por momentos reinaba un insoportable silencio, roto de vez en cuando por los esporádicos gritos de los grupos armados que patrullaban las calles o por el golpeteo de las herraduras de los caballos. De vez en cuando se oían disparos. El refulgir de las llamas pareció aminorar con la salida del sol, no sabían bien si a causa de ello o porque el petróleo ya había hecho su labor.

Samuel salió a la calle sobre las siete de la mañana. El día luminoso, raso, despejado Se dirigió a la plaza. Un buen número de personas se congregaba frente al campanario de Santa María. Los guardias municipales se habían quedado sin munición. Estaban indefensos arriba de la torre. Se escuchaban gritos. Bajad ahora, valientes; ¿Tenéis miedo, cobardes?; Bajad de una vez, como subamos…

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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