Refugiados en Marsella

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Refugiados haciendo cola a las puertas del consulado de Marsella (1940) / varianfry.org

Era tarde, más de las once de la noche. Casi todos habían marchado ya. Sam y Varian se disponían a cerrar el despacho. Un hombre de mediana edad, con un traje cruzado gris marengo, camisa blanca con el cuello recién almidonado, corbata a rayas en tonos azules, bien afeitado y peinado, al que había entrevistado Sam a primera hora de la tarde y denegado por el momento el visado puesto que entendía que había casos más urgentes, permanecía sentado en una silla en el recibidor del oscuro piso en que habían establecido la oficina. Con la cabeza gacha, la mano derecha sobre la frente y el codo apoyado en la rodilla, pensaron que se había quedado dormido. En cierto modo así era, no parecía consciente cuando le avisaron de que iban a cerrar, se mostraba un tanto perplejo. Al reconocer a Sam se puso de rodillas, implorando. Por favor, tengan compasión, no puedo quedarme aquí, y mi mujer está embarazada, suplicaba entrecortadamente. Varian y Sam trataban de calmarlo sin resultado alguno. Le decían que estudiarían su caso con mayor detenimiento, que igual ─dijo Sam─ se había precipitado en sus conclusiones, que marchara tranquilo, que al día siguiente hablarían.

―Vengo escuchando la misma cantinela todos los días. En embajadas, consulados, oficinas de repatriados. De entrada ya te dicen que no es posible, y si insistes que ya veremos mañana.

El hombre estaba visiblemente alterado, fuera de sí.

―De verdad se lo digo. Mañana…

―Mañana, mañana… Mañana me dirán lo mismo. Claro, como no soy uno de esos artistas a los que protegen. Yo soy un simple comerciante de provincias, como yo hay miles. ¿Vale más su vida que la mía?

―Tranquilícese, hombre. Vamos a hablar, pasemos dentro.

Varian se disponía a abrir de nuevo la puerta del despacho cuando de pronto el hombre empezó a sudar y a respirar con dificultad. Dijo sentirse mareado, le faltaba el aire, no podía pronunciar palabra. Se agarró fuertemente el brazo izquierdo y cayó al suelo inconsciente. Varian lo cogió, estaba muerto.

―Es terrible. No dejo de pensar que podría seguir vivo si le hubiera prestado mayor atención ─confesaba Sam a Varian después del incidente─. Me siento culpable.

―No puedes pensar así. Debes blindar más tus sentimientos, no puedes ser víctima, así tu ayuda no valdrá para nada.

―Temo no servir para esto. ¿Cómo decir que no a quienes carecen de otra salida, a los que han recorrido ya todos los centros de ayuda sin éxito?

―Es difícil saber quién está en peligro inminente y quién no. Pero ante la duda, no podemos hacer otra cosa creer en lo que nos dicen, que realmente están en peligro.

―Eso intento hacer, pero tengo dudas con todos.

―Ya te acostumbrarás. Por desgracia, es imposible contentar a todo el mundo. Los doscientos visados de emergencia que concedió Roosevelt prácticamente se han terminado. He solicitado más a la Secretaría de Estado.

―¿Y qué te han dicho?

―Ni siquiera me han contestado.

―¿Y en el consulado?

―Dicen que no pueden hacer nada.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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4 respuestas a Refugiados en Marsella

  1. analberola dijo:

    Qué real es esta escena en estos tiempos de refugiados a los que nadie quiere recibir. Qué vergüenza para los ” bien pensantes”, como decía mi profesor Giralt …

    • Como dice una muchacha en mi novela “percibo gente que se preocupa, que hay un régimen capitalista y debemos hallar modalidades, reformas y cosas por el estilo para oponernos e intentar acondicionar esta estructura. Pero no deja de ser cierto que la base está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará.
      Ese es el problema: nosotros.

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