Un altercado en Nueva York, frente al Birdland

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Una mujer coge un taxi en Nueva York (1962). Fotografía: William Klein.

El viernes 26 de febrero de 1954 llegó el momento de la presentación de Egon en el Birdland. Los sobresaltos, sin embargo no habían acabado. Habían quedado con Greg y Diane un par de manzanas más allá, pero el resfriado de Camila no remitía y acudieron directamente. Camila, Martha y Helmut se quedaron en el club; Sam fue a por sus amigos. Salió del Birdland. Dejó pasar a una pareja; ella blanca, rubia, alta, imponente; él, negro, era el encargado de sonido del club. Sam lo conocía, había colaborado con William. Se saludaron y el hombre acompañó a la mujer a coger un taxi que había frente a la entrada. Abrió la puerta del vehículo para que entrara la mujer y se quedó despidiéndola con la mano levantada. Un policía se acercó y le pidió la documentación. El hombre no la llevaba encima. Sam se detuvo y se quedó mirando.

―Yo trabajo aquí ─decía.

―¿Y a mí qué cojones me importa donde trabajes? Venga, documentación.

―Lo que intento decirle es que al trabajar aquí tengo la documentación dentro. He salido solo un momento, a acompañar a la señora que debía marchar rápidamente, un instante.

―No llevas la documentación encima, pues.

―La tengo ahí, se lo acabo de decir. Si me deja ir a por ella…

―Vas a tener que acompañarme.

―Es un minuto, apenas un minuto. Se la traigo enseguida.

―Ya, so listo. Yo me creo tu historia y tú te largas por la puerta de atrás o por cualquier otro sitio.

―Le juro que…

―Déjate de historias. Sube al coche.

Sam, a escasos metros, no pudo más que acercarse. Estaba indignado por el comportamiento del policía. Tragó saliva y se dirigió al agente.

―Disculpe, pero no he podido evitar escucharles. Lo que dice este hombre es cierto, trabaja aquí, es el encargado de sonido. Yo respondo por él.

―¿Y usted quién leches es? Muéstreme la documentación.

Sam hizo lo que el guardia le decía.

―¿De qué se conocen?

―Mi madre es cantante, mi hijo actúa hoy en este club, hace tiempo que vengo y sé, por tanto, quién es.

―¿Y dice que responde por él? ¿Es usted uno de esos bolcheviques que predican la igualdad entre blancos y negros? Seguro que sí, aquí ─mirando la documentación─ dice que es escritor.

―¿Eso es malo?

―Ni malo ni bueno, pero ya sabemos que la mayoría de ustedes, como algunos artistas de la pantalla, son unos radicales. En fin, tire para adentro ─le dijo ásperamente mientras le devolvía sus documentos.

―¿Y él?

―Ese no es su problema. Ande, márchese.

―Seamos razonables. Este hombre, como él mismo le decía y yo refrendaba, trabaja aquí. Deje que entre por la documentación, yo esperaré con usted mientras.

―¿Usted de qué va? ¿De salvador de negros?

―¿Acaso tiene algo en contra de los negros?

―En contra de los negros y de los blancos, pero solo de quienes, como usted, se muestran impertinentes. Cuando ponen tantas trabas a la hora de colaborar por algo será.

―¿Trabas? ¿Nosotros? ¿Qué quiere, que le besemos el culo? Es usted un prepotente ─Sam no pudo aguantar más su irritación.

El policía sacó las esposas y en tono amenazante ordenó a Sam y al encargado de sonido del Birdland que se pusieran cara a la pared. Para suerte de ambos, el portero del club había presenciado toda la escena y presintiendo que el asunto acabaría mal había avisado a Camila de que su hijo se estaba metiendo en un lío. Camila sacó enseguida a relucir su genio y se levantó de la silla con tal ímpetu que parecía que iba a salir directamente a la calle a cantarle las cuarenta al policía. De pie, se quedó observando las mesas, fijó su atención en una y con paso decidido ─nadie diría que estaba fuertemente constipada y que tenía unas décimas de fiebre─ se dirigió a sus ocupantes, entre los que se encontraba Peter Wood, concejal del ayuntamiento al que conocía y a quien apremió delante de todos a que saliera a solucionar el percance que está ocasionando uno de vuestros polizontes, le espetó. Un tanto ruborizado, pero sin perder la sonrisa ─a una persona de ochenta años se le permiten conductas que no se aceptarían en edad menos avanzada─, salió afuera y solucionó la situación. Todos regresaron a su sitio y Sam fue a por Diane y Greg.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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