Justicia y transformación social

Justicia y...

“El defensor” (1862-1865), acuarela de Honoré Daumier.

―A mí me soltaron al día siguiente. Vinieron unos señores muy bien vestidos a los que no conocía de nada que dijeron ser mis abogados. Camila los había contratado nada más enterarse que estaba detenido. Eran de los mejores de París, de esos que cobran una fortuna por sus servicios. Ni siquiera estuve veinticuatro horas encarcelado, rápidamente pudieron demostrar que no tenía nada que ver con el delito que me imputaban. Yo era un hombre respetable, vivía en Montmartre, me gustaba ese ambiente bohemio, los cafés y cabarets, pero eso no es ningún delito. Además, poseía una buena cuenta bancaria, mi hija era una conocida cantante de ópera… En fin, era absurdo que me dedicara a ir robando por ahí.

―¿Y ella?

―La condenaron a veinte años de cárcel. ¡Veinte años! Fue acusada de formar parte de la banda de Jacob, un grupo anarquista que había protagonizado numerosos robos con el fin de obtener dinero para la causa. Este, sin embargo, ya había sido detenido en 1903 y condenado de por vida a trabajos forzados en la Guayana. Pero, al parecer, habían encontrado en otra operación a la caza de anarquistas papeles de esos años que involucraban a Marion en algunos robos, concretamente en uno de los últimos que este dio y en el que, para escapar, tuvo que matar a un policía. Llegué a pensar que se libraría de la cárcel, o que en todo caso permanecería en ella por breve tiempo, así me lo aseguraron los abogados. No les hacía gracia alguna tener que defender a una anarquista, eran miembros de uno de los bufetes más acreditados de París, pero el dinero lo puede todo, o eso creía yo. Por su parte no hubo más problema que fijar una exorbitante cantidad por sus honorarios. Una vez acordada la cifra, la que ellos dijeron, yo estaba dispuesto a todo, encontraron enseguida una coherente argumentación que eximiría a Marion de toda culpa, o que al menos convertiría su colaboración, si es que la hubo, en un mero accidente al que, engañada, se vio forzada por las circunstancias, sin saber lo que realmente iba a suceder. Pero Marion, y me descubro ante ella, no aceptó. Mandó a los abogados a hacer puñetas cuando le contaron el plan. Con ella habían sido detenidos varios militantes más, una decena si no recuerdo mal. O todos o ninguno, nunca me prestaré a una maniobra de ese tipo, la vergüenza me acompañaría el resto de mis días, ni traicionaré a mis compañeros ni renunciaré jamás a mis ideas. Esa me explicaron los abogados que fue su reacción. ¿Todos? Un bufete de tal prestigio no podía prestarse a una defensa abocada directamente al fracaso. Marion solo aceptó ser defendida por el mismo abogado que se ocuparía también de sus camaradas. Y así terminó el asunto. Veinte años de condena, una barbaridad. Le tocó uno de los jueces más severos a la hora de condenar esta clase de… lo que sea. Iba a decir delitos, pero no. Ya ves, hubiera podido tocarle otro menos duro, menos cruel, la pena podría haber sido considerablemente menor. La justicia, amigo Taylor, la justicia… Así es la justicia. Marion diría que la justicia burguesa, yo la justicia a secas. El hombre nunca será justo consigo mismo.

―Comprendo que no creas en la justicia, pero debes contemplar la situación desde otro prisma. Su valiente actitud, por desgracia, es necesaria para conseguir cambiar el mundo. Yo soy negro y sé lo que es la lucha por la igualdad. No puede haber un dios tan cruel que castigue nuestros pecados con la eterna miseria y nos condene de por vida a la pobreza. Primero hay que sembrar las semillas, luego vendrán los frutos.

―Eso ya lo he oído antes, muchas veces. Llegará el día en que todos seremos iguales, las injusticias no tendrán cabida en la nueva sociedad, equitativa y solidaria. Siento no creerlo. Me parece bien que haya gente que, como tú, como Marion y alguno que otro que conozco, penséis y actuéis de manera tan altruista. Es muy posible que yo no tenga razón, pero las experiencias en esta ciudad no han sido precisamente las más adecuadas para hacer que modifique mi opinión. Por supuesto que cambiarán las cosas, pero todo seguirá igual, los negros explotarán a otros negros, puede que incluso a blancos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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6 respuestas a Justicia y transformación social

  1. Ese pesimismo… “Por supuesto que cambiarán las cosas, pero todo seguirá igual”.

    • La RAE define pesimismo como “Doctrina que insiste en los aspectos negativos de la realidad y el predominio del mal sobre el bien” (2ª acepción). Y la realidad, hoy por hoy, muestra que el mal (en sentido genérico) predomina sobre el bien (igualmente en sentido genérico).

  2. La conclusión lampedusiana o gatopardiana puede ser pesimista. Pero el pesimismo puede ser un análisis inteligente: se analizan las variables, se ponderan, de mensuran, y haciendo prognosis se analiza que terminaremos mal: que solo se han maquillado las cosas para dar apariencia ficticia de transformación. También puede equivocarse, claro está.
    Y no debe confundirse con el escepticismo, una postura filosófica/psicológica, en la que cualquiera sea la realidad de la que se parte, hay tendencias a concluir que todo terminará mal por principio (paradoja). La mirada lampedusiana, también puede ser escéptica.
    La diferencia es que el pesimismo es solo un juicio analítico y del escepticismo no se vuelve.
    Releyendo el comentario descubro que el palabrerío me ha desviado del comentario principal: Lindo texto. Ignoro si se ha editado en Argentina. Abrazo

    • Así es. La próxima vez leeré antes de contestar todos los comentarios. El anterior (la respuesta al que hace la revista moonmagazine.info) se explica mejor con este.
      “El corto tiempo de las cerezas” –la novela a que pertenece este texto– está editada en Amazon en la modalidad “edición bajo demanda”. Por tanto, es accesible desde cualquier lugar del mundo.

  3. Pingback: Justicia y transformación social — EL BLOG DE MANUEL CERDÀ | nz

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