Cuando Samuel se enfrentó a Pellerot

Cuando Samuel se enfrentó a Pellerot

Una semana después de aquel nefasto día de 1862 en que Esclafit perdió los dedos en el martinete Samuel volvió a encontrarse con su amigo, del que nada sabía desde el fatal accidente. A la puerta de la fábrica, esperaba que salieran los del turno de noche.

―¿Crees que me darán trabajo? ─preguntó Esclafit.

―Claro que sí. Con la otra mano ─refiriéndose a la derecha, que conservaba intacta─ puedes seguir con los trapos, te ayudas con la mala ─de la que solamente quedaba completo el dedo pulgar.

La apreciación de Samuel, sin embargo, distó mucho de lo que finalmente sucedió. Cuando Pellerot le vio soltó un contrariado ¿Y tú qué haces aquí?, y sin siquiera detenerse entró en la fábrica, ni miró hacia atrás. A pesar de ello, Esclafit le siguió hasta traspasar el umbral de la puerta. Allí permaneció a la espera de que el encargado reparase en él. Desde el fondo del recinto Samuel seguía la situación atentamente, aunque sin descuidar un ápice la tarea que tenía encomendada. Un rato después, Pellerot bramó:

―¿Aún estás aquí? ¿Pero qué es lo que quieres? Todavía no se ha inventado máquina alguna para mancos. Toma ─le dio cinco reales─ y busca en otro sitio.

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Fotografía de Giles Edmund Newsom (1912).

Como quiera que Blas cogiera el dinero pero permaneciera en el mismo lugar vociferó ¿Te vas a largar de un vez?, y de un empujón lo echó fuera. Samuel no pudo reprimir más sus instintos, necesitaba descargar la ira que sentía, manifestar ante todos los presentes su desprecio por Pellerot ─no se requerían demasiadas luces para saber que menospreciar a alguien de nada servía si no era en público─ y dejó caer al suelo una espuerta de masa de pasta de papel recién salida de la pila holandesa.

―¡Mameluco! ¡Imbécil! Vas a recoger eso con la lengua. ¡Torpe!

Samuel agarró uno de los tarugos de madera que servían para mantener plana la plataforma del martinete y lo arrojó a los pies de Pellerot, no alcanzándole de lleno de milagro. Atusó su espeso y sucio pelo, recogió el talego con el sustento del día ─pan, un boniato asado, una sardina salada y café con aguardiente─ e hizo el gesto de marchar de allí. Pero no era Pellerot alguien que tolerase una actitud de ese tipo, tan soberbia, y menos de un chiquillo. Se puso ante él en dos zancadas y le asestó un tremendo bofetón que lo tumbó en el suelo. Sacó la correa y comenzó a azotarlo con todas su fuerzas. Samuel lloraba, le sangraba la nariz y manchas de sangre se apreciaban también en la blusa. Luego lo levantó destempladamente asiéndolo del cabello.

―¡Vete y que no te vuelva a ver! Y vosotros ─mirando al resto de operarios─ ¡a trabajar!

Con cierta dificultad ─más por la impotencia y el asco que por los golpes, que en esos momentos no sentía─ recogió de nuevo su saquito de tela. Miraba a los compañeros, todos seguían en sus puestos, en silencio, lo único que se oía eran los quejidos y sollozos de Samuel y los bramidos de Pellerot. Pocos levantaban la vista. El encargado, contrariado por la tardanza del aturdido muchacho, le propinó una patada en el trasero y a gritos le ordenó de nuevo que se alejase de allí. Antes de traspasar la puerta se volvió a mirar de nuevo a los demás trabajadores de la estancia. Cruzó la mirada con Penca, vecino suyo, que apartó inmediatamente la vista. Se sentía solo, muy solo, cada vez más a medida que iba de camino a casa. Lloraba de rabia.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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