El día que Samuel probó el hachís

Julius Leblanc Stewart

“The Letter” (1882), óleo de Julius Leblanc Stewart.

La China (…) se dio cuenta que durante el tiempo que llevaban juntos, Samuel no había dejado de observar un narguile que se hallaba junto al diván en el que seguía recostada.

Narguile 2

“Stillleben mit orientalischen Antiquitäten” 1907, óleo de Max Schödl.

―Es para fumar hachís.

―¿Hachís? ─Samuel no conocía dicha sustancia.

―No sé qué haría sin él, no sabe como aminora mis neuralgias. Antes lo tomaba en solución, en gotas, con un poco de azúcar, pero prefiero fumarlo, calma el dolor y proporciona una extrema placidez. Es también un buen remedio para la melancolía.

―Interesante, pues.

―¿Sufre de melancolía alguien como usted?

―Digamos que hay recuerdos que a veces me sumen en ella.

―¿Le gustaría probarlo? A mí no me vendría mal fumar un poco antes de que vuelva el dolor, el efecto de la última vez se está pasando.

Aceptó Samuel y se sentó en un sillón junto al diván. La China colocó en la cacerola de la pipa una especie de polvo marrón, tras deshacer la resina prensada, que mezcló con un poco de tabaco. Encendió la pipa y ofreció a Samuel la boquilla.

―No fume deprisa, aspire lentamente cada calada y retenga el humo en los pulmones.

Tras varias inhalaciones empezó a sentirse ligeramente mareado, se recostó en el sillón tal como ella le indicó y trató de respirar profundamente. Intentó coger un bombón que le ofrecía La China, pero no alcanzaba a calcular bien las distancias, algunas cosas parecían mucho más cerca de lo que realmente estaban, otras en cambio más lejanas, la mesita de centro de la que La China había tomado la caja de bombones se aparataba a medida que se fijaba en ella y su brazo se alargaba desmesuradamente. El bombón cayó al suelo, Samuel lo veía todo a través de una especie de zum que, a su antojo, aproximaba o alejaba cualquier objeto a su vista. La China soltó una carcajada que contagió a Samuel. Ambos rieron un buen rato sin poder articular palabra. La euforia cesó y la ansiedad hizo acto de presencia. Samuel se asustó, sentía que la cabeza se le iba y le era imposible coordinar la mente. La China se dio inmediatamente cuenta de su estado ─también ella había experimentado las mismas sensaciones en otras ocasiones, especialmente al principio de fumar hachís─ y trató de relajarlo con palabras tranquilizadoras: no pasa nada, todo está en su mente, déjese llevar, no piense, sienta su cuerpo…

Samuel esbozó una forzada sonrisa que no amagaba su turbación. La China puso la mano en su frente. El contacto de ambas epidermis causó un balsámico efecto en Samuel y una repentina calidez se apoderó de todo su cuerpo. No había estado con ninguna mujer desde que dejó Alcoi. Un irrefrenable impulso le llevó a coger la mano de La China y arrimarla a su mejilla. La miró a los ojos como un perro vagabundo, asustado y desorientado; ella acarició entonces su rostro. Luego apartó suavemente la mano, pero Samuel volvió a aferrarse a ella. El miedo es a veces un buen camino para llegar a la ternura. La China no le rehuyó, sabía que por mucho que se empeñara en aparentar lo contrario la realidad siempre sería más dura que ella. También se sentía sola.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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2 respuestas a El día que Samuel probó el hachís

  1. Y después comieron salmón y pollo regado con un buen champán. ☺☺ Me gusta la historia, me gusta como escribes!!
    A modo de anécdota te diré que hay alguna que otra errata tipografica en el texto.
    Cordiales saludos Manuel.

    • A mí me gusta, me encanta, que me digas eso. Se escribe, o al menos yo lo hago con ese propósito, para ser leído. Si encima gusta, pues miel sobre hojuelas.
      De lo de las erratas ya me di cuenta. Espero que en la secuela de “El corto tiempo…” (que se titula “Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Balckbird)”) no haya ninguna.
      Un abrazo.

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