La casa y las esperanzas e ilusiones que se fraguaron entre sus paredes

Govia A

ANDRE GOVIA ©

Ya estaba allí, frente a la casa, lo que quedaba de ella. Al ser de madera la estructura que sostenía la edificación, las llamas se propagaron fácilmente, el tejado cedió y ni el techo de la segunda planta ni el de la primera pudieron aguantar el peso del desplome. La casa se derrumbó por completo; solo las esquinas, reforzadas con sillares, mantenían cierto decoro y apariencia, erguidas aún, soportando el vacío. También los muros de carga, menos la fachada, que se desmoronó entera, mostraban vestigios de su consistencia –de la nuestra ya nada quedaba por mucho que mi hermano se empeñara en lo contrario–, dejando a la vista gruesas piedras bien trabajadas. Parte de las paredes interiores que se apoyaban en ellos, las de la planta baja, parecían mantenerse firmes a pesar de la endeblez de su aspecto. De una de ellas, perteneciente a la gran sala de estar en la que nunca estaba nadie, colgaban las fotografías de mis bisabuelos y un óleo de don Tomás realizado por un pintor local, (…) enmarcados los tres con madera de ciprés ricamente labrada con motivos vegetales en sus cuatro ángulos y en las zonas centrales de las molduras, sucios y ennegrecidos por el fuego, lo que les daba un aire aún más vetusto. Allí estaban, colgados en una pared que apenas se sostenía, como anclados en un tiempo del que no pudieron salir, esperando ser sepultados con los restos de lo que había constituido su mayor logro. (…)

Ahora, de esa pared medio en ruinas –que amenazaba caerse sobre la cenicienta alfombra de cascotes, piedras y esquirlas que cubría el suelo, junto enseres y pertenencias diversas– pendía la santísima trinidad que conformaban mi abuelo y mis bisabuelos, pura hipostasis mutante, suspendida en el vacío, mostrándose tan endeble como las esperanzas e ilusiones que se fraguaron entre aquellas paredes y las que fuera de ellas, en el huerto, hubiera podido yo concebir. (…)

Durante mucho tiempo, la casa sirvió para mostrar que gente como mi bisabuelo podía llegar a altas cotas de bienestar y prestigio por su trabajo, su empeño, su constancia y dedicación, decían los expertos. Como en tantos lugares a lo largo del siglo XIX –en algunos habría que esperar más, en otros el proceso había empezado mucho antes– unos recién llegados pasaban a desempeñar el papel de definidores locales al cambiar las reglas de juego: la alcurnia, el abolengo, el linaje, importaban cada vez menos; el capital eliminaba cualquier diferencia social no derivada de su posesión.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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