Aquel pueblo ya no era ‘mi’ pueblo

Raffaelli

“Calle de pueblo” (s.f.), óleo de Jean-François Raffaelli.

Regresar cuanto antes, solo en eso pensaba [desde que me di cuenta de que nada podía impedir que hiciera el viaje]. Aquel pueblo ya no era mi pueblo; eso daba a entender la información que había recabado en internet. Llegaba a repelerme la idea de volver a transitar por las calles y lugares donde habían transcurrido mis primeros dieciocho años de existencia, no fuera que hubiese alguna huella visible que me obligara a alterar todo lo que la memoria había ido revelando, aunque fuese deformando o falseando lo que sucedió, si bien eso es lo de menos: lo que sucedió es lo que se recuerda. Me preguntaba cuán desagradable resultaría contemplar ahora aquel paisaje y me incomodaba encontrarme con alguien que hubiese compartido conmigo espacios, situaciones o cualquier otra experiencia. ¿Viviría aún allí Juan Luis, o Pepín, o Nando, o Elena, o Patri, o cualquier otro de mis compañeros y compañeras de mocedad? Podría encontrarme con cualquiera de ellos. Cuánto tiempo, qué alegría volverte a ver, ¿qué es de tu vida?, ¿te has casado?, ¿tienes hijos?, ¿qué haces?, ¿qué eres?, ¿a dónde vas?, ¿de dónde vienes?… Preguntas que, entiendo, son corteses y verdaderamente denotan complacencia por parte de la otra persona al reencontrarse contigo después de un prolongado tiempo, o eso cree al menos, o manifiesta, lo que no evita que encuentros así resulten generalmente molestos, al menos para alguien como yo que ya nació remiso hacia este tipo de situaciones. Es evidente que, de todos modos, respondería a sus preguntas y le haría otras similares, si no iguales.

Lo más probable es que el presunto amigo de la adolescencia, o amiga, y yo hubiéramos llevado existencias muy distintas, con lo que, al tener que preguntarle yo por sus cosas –pues mi extemporáneo interlocutor antes lo había hecho por las mías– cambiaría mi percepción de él y lo vería de otro modo, y eso forzosamente condicionaría cualquier recuerdo que yo pudiera tener en el que apareciese; o a lo mejor se colaría en otro recuerdo en que no hubiera tenido que ver aparentemente y que en la conversación habría mostrado conocer cuando a mi me constaba su ausencia. No hay más que impudicia en el hecho de escuchar a otro, sus deseos, sus fracasos, sus miserias. Pura falsedad, es mejor el silencio.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

 

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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