Ana, Anita, Strauss y Samuel

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“Joseph Lanner y Johann Strauss” (1906), óleo de Charles Wilda.

Empezaron a sonar los valses y las polcas. La sala se llenó de parejas que seguían con mayor o menor acierto los movimientos y pasos deslizantes de los primeros y las rápidas evoluciones que requieren las segundas. Encontronazos, topetones y alguna que otra coz propinada por entusiastas lechuguinos, acompañaban miradas cambiadas y cuellos estirados.

Cuando de los instrumentos de los músicos salieron las primeras notas de la Ana de Strauss, unos cuantos jóvenes formaron círculo alrededor de una hermosa muchacha que evolucionaba en el centro sintiéndose el foco de atención de todas las miradas, aunque puede que ninguna tan penetrante como la de Samuel, ensimismado desde que la joven dio los primeros pasos. Se trataba de Anita [la hija del preboste local don Armando Garrigós]. Lucía un vaporoso vestido azul de glasé con bordados en seda e hilos dorados que se movía con la inexplicable gracia de su meneo a una y otra parte. Su sedoso pelo moreno resaltaba una tez blanca, casi nacarada, como correspondía a las señoritas de buena sociedad; sus rasgados y grandes ojos negros se mostraban alegres y despiertos, y la mirada y la media sonrisa de su carnosa boca rebosaban sensualidad. Al menos así la veía el abstraído Samuel. Algo había en ella que excedía el entendimiento de Samuel, algo arrebatador que ejercía sobre él un irresistible poder de atracción, un deseo irrefrenable de poder disfrutar más íntimamente de tanto donaire. No podía apartar su vista de Anita, tampoco lo intentaba, embelesado como estaba no era consciente que su mirada resultaba un tanto indiscreta. Anita se percibió de ello y fijó durante unos instantes sus ojos en los de Samuel con estudiada coquetería.

―¿Dónde estás Samuel? ¿Con las musarañas? ¿O tanto champaña te ha sorbido los sesos?

Monllor rompió el ensimismamiento en que Samuel estaba sumido. Estaban a punto de brindar por la República y ni siquiera se había dado cuenta.

―¡Por la República, señores! ─voceó Botella.

―¡Por la República! ─prorrumpieron los demás.

Berthe Morisot, At the Ball, 1875

“Muchacha en el baile” (1875), óleo de Berthe Morisot.

El baile estaba a punto de finalizar. Un galop hizo bailar a todos los presentes, un enardecedor jolgorio se había apoderado de la sala. Como requería la danza, los bailadores imitaban los pasos de un caballo levantando un pie al tiempo que el otro ocupaba su lugar. Samuel no paraba de mirar a todas partes en busca de aquella encantadora joven. Acabó el galop emulando los participantes un terremoto. Supuestamente, era el último bailable, pero nadie se resignaba a abandonar el local, era el primer día de Carnaval y los ánimos se hallaban enardecidos. Los músicos volvieron a sacar las partituras y una contradanza devolvió la animación, de la que no desistía ninguno de los presentes. De nuevo el frenético movimiento: hacia adelante, hacia atrás, inclinando la cabeza conforme la dirección en que se avanzaba. De nuevo el revoloteo de las faldas, el alegre colorido resultante de la mezcla de colores. Anita, sin embargo, ya había abandonado el café, si no difícilmente hubiese pasado inadvertida. Desde luego, para Samuel no.

―¿Tú sabes quién era la chica esa? ─preguntó Samuel a Esclafit, que por fin había conseguido que salieran de allí.

―¿Quién? ¿La que devorabas con la mirada?

―¿Otra vez con tus sandeces?

―No te enfades, pero deberías haberte visto, eras como una beata contemplando a la mismísima Virgen.

―Bueno ¿sabes quién era o no?

― Para tu desgracia sí.

―¿Para mí desgracia?

―Anita Garrigós, la hija de don Armando Garrigós. Ahí no tienes nada que hacer.

―Ya veremos, Blas, ya veremos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Annen Polka (La polca de Ana) fue compuesta por Johann Strauss el 24 de julio de 1852, dos días antes de la celebración del día de Santa Ana (26 de julio), una de las más importantes festividades del calendario vienés.

Posteriormente, en 1883, se basó en ella para el tema “Schwipslied”, de su opereta en tres actos Eine Nacht in Venedig (Una noche en Venecia) –libreto de Camillo Walzel y Richard Genée–, cuya protagonista se llama Annina. Estrenada en Berlín el 3 de octubre de 1883, fue la única de las operetas de Johann Strauss II que se estrenó fuera de Viena.

Vamos con las dos versiones. La primera por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Daniel Barenboim, durante el tradicional Concierto de Año Nuevo de la capital austriaca de 2009. La segunda a cargo de la soprano surcoreana Sumi Jo en un concierto celebrado en Krasnoyarsk (Rusia) en 2008.

Que pasen un buen día.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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