Cómo Brígida pasó a ser La China y acabó siendo Brigitte

“Café cantante en París” (1911). Richard Bloos

“Café cantante en París” (1911). Richard Bloos

No había sido, ni mucho menos, una vida fácil la suya. Resultó ser oriunda de Avinyonet de Puigventós, un pequeño pueblo de la provincia de Girona, cerca de la frontera con Francia, donde había nacido en 1851. Pronto inició su andadura artística. A los trece años marchó a Barcelona a servir en una casa y a los dieciséis su presencia se había convertido en habitual en varios de los cafetines de la Barceloneta y del Raval, las dos grandes barriadas obreras y centros de los ambientes más licenciosos y aventurados de la ciudad. Allí actuaba algunas veces, junto a las cantaoras que solían ejercer la prostitución y alcanzaban su mayor éxito cuando, si el ambiente era propicio –es decir, si se creía no observar peligro alguno, lo que equivalía a la sospechosa presencia de algún desconocido confidente, o incluso un policía de paisano–, bailaban sin ropa interior. Brígida, aún no había afrancesado su nombre, cantaba coplas subidas de tono acompañada del primero que encontrase dispuesto a seguirla con la guitarra, le daba igual que fuera gratis, solo deseaba cantar y cualquier oportunidad era buena. De ese modo consiguió una cierta popularidad siendo todavía bien joven. La gente empezó entonces a llamarla La China. Sus grandes ojos, negros y rasgados, eran sin duda una de sus características físicas más notables, junto a su sensual boca de labios siempre pintados de rojo. No era una beldad, estaba algo escuchimizada, pero rebosaba voluptuosidad en cada uno de sus movimientos y gestos. Especialmente estos últimos volvían loco a más de uno por su natural exotismo. Su atrevimiento y frescura competían con un carácter inquieto, indómito a veces, que aumentaba su atractivo a ojos de muchos, pues sin empacho alguno mandaba a hacer puñetas a quien solicitara sus favores si estaba de mal humor mientras que en otros momentos ella misma se dirigía con todo el descaro del mundo a algún parroquiano simplemente porque le gustaba.

La gran mayoría de las mujeres que frecuentaban aquellos locales de dudosa reputación, como el Café de Levante o el Barcelonés, obtenían el grueso de sus ganancias comerciando con su cuerpo. Otras en cambio –como La China– eran más sutiles y, a la hora de entregar sus favores, elegían entre la clientela a los que, al menos en apariencia, podían reportarles beneficios materiales más jugosos –no los querían para el placer aunque les aseguraran que jamás nadie las había hecho gozar como ellos–, beneficios más duraderos, como joyas o ropa cara. Por supuesto también dinero. Sus presas: algún despistado caballerete que ingenuamente se había dejado caer por allí en busca de emociones fuertes o, poco habitual, un distinguido personaje de la sociedad barcelonesa –como el marqués de Loix– cuya libido no podía ser satisfecha en su ambiente sin escándalo. También de vez en cuando se dejaba caer algún cazatalentos, o mejor dicho, espabilados que se hacía pasar por expertos de la farándula y presumían de tener los mejores contactos. La China, cada día más popular, fue así contratada por el dueño de un café de Madrid que se hallaba de paso en Barcelona y se prendó de ella. Dos años estuvo en la capital de España, trabajando en garitos de mala muerte. Su empleador resultó ser un gañán de tres al cuarto movido por la lujuria y la posibilidad de explotar sus encantos por encima de sus cualidades artísticas. A la vuelta de Madrid, no contó a nadie su frustrada peripecia. Al contrario, dijo haber estado en París trabajando en algunos de sus más afamados locales. De ahí que ahora se hubiese convertido en Brigitte Aimée, tal como le sugirió un avispado dueño de uno de los cafés en que actuó.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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