El comunista

Guardia CivilFuimos a buscar a Tonín. Juan Luis y yo. (…) Una pareja de la guardia civil se llevaba esposado a su padre. (…) Me causó una enorme impresión ver al padre de Tonín con las esposas puestas y la cabeza gacha, con aquellos dos guardias de aspecto severo e inflexible. Y a Tonín agarrado a su madre, que lloraba. Ambos lloraban. El vecindario había salido a las puertas de sus casas para contemplar el espectáculo; algunos lo hacían desde detrás de la ventana.

Nadie decía nada, todo el mundo en silencio. Menos la madre de Tonín, sus lamentos era lo único que se escuchaba. También Juan Luis y yo permanecimos callados, paralizados. Ni entre nosotros hablamos, ni siquiera nos miramos. Sentí miedo, mucho miedo, una sensación de angustia diferente a las experimentadas hasta entonces. (…) Mucho después entendí que se trataba del miedo a la autoridad, que había otros que mandaban más que padres, maestros y curas, que dictaban qué se podía hacer y qué no.

(…)

Esa noche no dormí. Trataba de adivinar por qué habían detenido al padre de Tonín. Si la autoridad se lo había llevado ─esposado, además─ es porque algo malo habría hecho. ¿Qué habría hecho el padre de Tonín?, me preguntaba una y otra vez. ¿Habría matado a alguien? ¿Robado? No se me ocurrían otras razones. Su rostro, grave y pesaroso, resignado, era para mí la viva imagen de la sinrazón. Desconocía qué terrible acción habría llevado a cabo el padre de Tonín, pero no creía que fuera un ladrón o un asesino. De ningún modo. Yo le conocía, y veía cómo trataba a Tonín, y cómo Tonín estimaba a su padre. Había ido con ellos alguna vez a recoger caquis, que le gustaban mucho a la madre de Tonín. Y lo había pasado bien, su padre siempre llevaba alguna chuchería consigo, para nosotros, por supuesto. Y era afable, y nos contaba historias de cuando en la sierra donde tenía unos bancales habitaban unos gnomos que luchaban contra gigantes y cómo consiguieron vencerlos. ¿Cómo iba a ser un asesino o un ladrón? ¿Por qué se lo llevaron?

A la mañana siguiente, Tonín no vino al colegio. Los chicos comentaban lo sucedido. En el pueblo la noticia se expandió rápidamente, horas después todos estaban al tanto. Decían que el padre de Tonín era comunista y que por eso lo había detenido. Yo no sabía muy bien, ni mal tampoco, que significaba ser comunista. Creo que era la primera vez que escuchaba esa palabra. No dije nada, no quería parecer un ignorante.

Mis amigos, en cambio, parecían estar más al tanto de qué significaba ser comunista. En sus casas, la noche anterior el tema de conversación había sido la detención del padre de Tonín, por comunista. En la mía no, igual no se habían enterado mi madre y mi abuela, no sé. Mis amigos, que por lo visto sabían qué significaba ser comunista, explicaban que estos eran unos tipos despreciables, malos a más no poder, los enemigos más feroces, pues estaban en contra de todo, de dios, de la familia, de la gente de bien que solo quería vivir en paz, y de España, a la que habían declarado la guerra hacía años, guerra que afortunadamente perdieron pero en la que los muy malvados consiguieron robar nuestro oro y secuestrar a niños, muchos niños que vivían ahora en Rusia, reino del mal que pretendía dominar el mundo para entregarlo a Satán y convertirnos a todos en esclavos del mal. Actuaban a escondidas, preparando el momento en que se adueñarían del mundo, y para ello robarían, destruirían y matarían. Querían apropiarse de todo, las casas, los bienes, los juguetes. Eran rojos. Eso no lo entendí, pero tampoco pregunté. Mi percepción del padre de Tonín no encajaba en tanta maldad. Además, tenía una tienda de ropa, una casa grande ─no como la mía, pero grande─ y bancales, y siempre nos daba chucherías que sacaba de los bolsillos como si fuera un mago. ¿Cómo iba a ser un asesino o un ladrón? ¿Por qué se lo llevaron?

Salimos del colegio y fuimos, los amigos, a buscar a Tonín. No todos, la mayoría se negó a juntarse de nuevo con él. Mi padre me ha dicho que no me junte con Tonín, son unos rojos, manifestó Juan Luis, que obviamente no vino. Fuimos tres, o dos, o cuatro, no recuerdo. Desde luego, no todos. Nos costó, no nos atrevíamos a acercarnos a su casa. Cuando por fin llamamos a la puerta no nos abrió nadie. Tonín había marchado con su madre, a otro lugar. Nada más supe de él.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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