Esas malditas máquinas

“Coalbrookdale de noche” (1801), óleo de Philip James de Loutherbourg.

“Coalbrookdale de noche” (1801), óleo de Philip James de Loutherbourg.

Guisambola contemplaba, entre divertido y extrañado, a aquel muchacho que siempre parecía tener prisa y que en poco tiempo había conseguido distinguir casi tan bien las hierbas como él. ¿Y este chico de dónde habrá salido? Es el hijo de Vicent, el de Muro, le comentó una vez un vecino que se encontraba con él cuando Samuel entregó el pedido que días antes le había hecho. ¿De Muro? Guisambola también era de Muro. El dato aumentó su interés y la siguiente vez que lo visitó, le ofreció una mistela y unas pastas.

―Acércate, chico.

Hasta bien mayor, Guisambola había conservado buena parte de su vigor físico, pero en los últimos años había ido perdiendo vista, cada vez más, hasta quedarse prácticamente ciego; apenas distinguía sombras y bultos. Su memoria, sin embargo, había sido menos castigada y recordaba bastante bien su época de juventud.

―¿Así que tú eres de Muro?

―¿Yo? No sé.

Samuel desconocía que su familia proviniese de Muro, no sabía que él mismo había nacido y sido bautizado allí, nadie le había hablado nunca de sus orígenes. ¿Qué importancia podía tener?

―¿Tu padre no se llamaba Vicent, y tu abuelo Roque?

―Mi padre se llamaba Vicent, sí, pero mi abuelo… No sé.

―Yo conocía a tu abuelo. También nací en Muro, pero me vine para aquí hace muchos años. Tu padre debería ser un niño todavía, igual tendría tu edad. Yo también, un par de años más a lo sumo. Éramos vecinos. Lo recuerdo ayudando a tu abuelo. Era espabilado, y trabajador. Sabía casi todo de las faenas del campo, cuándo debía sembrarse y cuándo había que recolectar, y cómo hacerlo, cuándo se tenían que abonar los bancales y cuándo regarlos, y cómo, claro. Eran otros tiempos. Créeme que los echo de menos.

―¿Y por qué se vino?

―Por lo mismo que todos los que no han nacido en esta ciudad. En Muro, como en otros muchos pueblos a la redonda, cada vez se necesitaba más dinero para todo. No me preguntes por qué, no sabría responderte, pero la vida era cada día más difícil. Como otros muchos, de Muro y de otras localidades, encontramos en los fabricantes de Alcoi un gran alivio para combatir las penurias. Ellos comerciaban con telas y alguien tenía que hacerles el hilo. Todas las semanas venía un hombre con un carromato, se llevaba el hilo que habíamos elaborado y nos dejaba más lana para cardar e hilar. Todas las semanas, cada vez había más faena, a veces no se podía con tanta y los fabricantes se quejaban, amenazaban con no dar más trabajo si nos retrasábamos, pero luego no lo hacían, había demasiados pedidos que atender.

―¿Y qué pasó?

―Las máquinas, muchacho, las máquinas. Comenzaron los fabricantes a traerlas de fuera y acabaron con todo. Una máquina hace la labor de muchos hombres y nunca falta al trabajo ni se queja, ni protesta de nada. Pronto todos querían máquinas. Los fabricantes, claro, los demás no queríamos saber nada de ellas. Se redujo la cantidad de lana que traían cada semana, cada vez daban menos y abarataron los precios. Cosas de la competencia de las máquinas, decían. ¡Pero si eran suyas!

―¿Y si nadie las quería más que los fabricantes cómo es que ahora casi todos trabajan en ellas?

jacksonludditesll―Los que tenían las máquinas eran los mismos que antes nos daban lana para cardar y hacer hilo, y la gente necesita comer. Así que lo tomas o lo dejas. Se luchó por impedirlo, no creas, pero no se consiguió. A veces se gana, aunque las más se pierde. Hombres de todos los pueblos, no sé cuantos, muchos, nos organizamos para venir a Alcoi y destruir todas las máquinas. Veníamos con nuestras horcas, azadas, picos, con cualquier cosa que tuviéramos a mano. Más de mil éramos. Tu abuelo también vino. No conseguimos entrar en la ciudad, pero las que estaban en el exterior fueron hechas añicos. Ni una quedó. Lo sé muy bien, no sabes con que gusto le di a una de ellas con la azada. Un golpe seco y a la mierda la máquina ─Samuel rió─. Y así una, y otra, hasta que no quedó ninguna. Veinte por lo menos nos cargaríamos, más de las que había dentro. Eso sería en los años veinte, 1821 o 1822 si mal no recuerdo. Las autoridades prometieron que se desmontarían las que quedaban, pero eso nunca sucedió. Algunos, además, fueron luego encarcelados por ello.

―Ganaron las máquinas.

FrameBreaking-1812―Sus dueños. Pero no acabó ahí la cosa. Dos o tres años después, dos creo. Sí, dos. Dos años después volvimos a romper las máquinas. Ya estaba otra vez todo lleno de esos diabólicos artefactos. Pero éramos menos, la mitad como mucho. Tu abuelo y yo también vinimos. Tu abuelo tenía un par de cojones. Antes de llegar a la puerta de Cocentaina, había tropas esperándonos. Nos dijeron que marcháramos de allí si no queríamos que pasara nada. Exigimos hablar con el alcalde. Aceptaron y cuatro de nosotros fuimos a hablar con él. Me acuerdo muy bien de aquello. Dentro de Alcoi también había muchos que querían destruir las máquinas. Un par de ellos se añadió a la reunión, el mismo alcalde dijo que acudieran también de los de dentro. Le dijimos que no habían respetado la promesa de desmontar las máquinas, sino al contrario, y que las promesas se cumplían, que las máquinas iban a acabar con nosotros. Los alcoyanos explicaron que la situación en la ciudad no era mejor y que sus calles estaban llenas de cuadrillas de operarios mendigando de puerta en puerta para poder subsistir. El alcalde no aceptó desmontar las máquinas, los fabricantes tenían derecho a hacer lo que quisieran con sus bienes y propiedades, por eso eran suyos. Prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para remediar la miseria que nos asolaba, pero en la cuestión de las máquinas dijo que no podía intervenir.

―¿Y se fueron?

―Las tropas cargaron contra nosotros. Todos huimos en desbandada a los primeros golpes. Ellos cogieron a unos pocos, pero hirieron a muchos. Desde entonces la resistencia a las máquinas fue cada vez a menos, la gente empezó a no querer saber nada de protestas. Nada se puede contra el poderoso, decían. Difícilmente se conseguía un centenar de hombres dispuestos a lo que fuera. Poco a poco todo el mundo se ajustó a la nueva situación y uno tras otro fuimos abandonando nuestros pueblos y mudándonos aquí. El hambre es muy mala consejera, muchacho.

―Y usted se vino a trabajar con las máquinas.

―A mí las máquinas no me gustan.

―A mí tampoco, ni las fábricas.

Guisambola sonrió con la rotundidad de la respuesta de Samuel.

―Yo vine porque se venían mis hijos, no hice como tu abuelo, que decidió quedarse. Antes muerto que una de esas infernales y sombrías fábricas, decía. Ya te lo he dicho antes: tu abuelo tenía un par de cojones. No sé qué habrá sido de él. Pero una vez aquí decidí dedicarme a lo que sabía, mi madre y mi abuela me habían enseñado muchas cosas sobre las hierbas y sus propiedades. Y hasta ahora, aunque ya me queda poco, estoy muy viejo.

Fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2015).

Veamos ahora –como hacemos en otras entradas de este tipo– cómo sucedieron los hechos de que habla Guisambola con Samuel, Samuel Valls, el protagonista de la novela.

Alcoi era una ciudad industrial desde mediados del siglo XVIII que funcionaba sobre la base del sistema de manufactura dispersa, la cual integraba una veintena de pueblos de los alrededores y daba trabajo a unas cuatro mil personas. Con el cambio tecnológico que acompañó el proceso de industrialización, gran parte de esta mano de obra campesina se vio privada de una parte importante de sus ingresos, a no ser que buscara trabajo en Alcoi, y su modo de vida resultó trastocado para siempre.

Cuando en 1818 entraron en Alcoi las primeras máquinas –de cardar e hilar– ya tuvieron que ser escoltadas ante los fundados rumores de que podrían ser asaltadas y destruidas. Idéntica situación se produjo en los dos años siguientes, hasta que el 2 de marzo de 1821 unos 1.200 hombres de los municipios vecinos se dirigieron a Alcoi y destruyeron las máquinas ubicadas en el exterior de la ciudad, aceptando retirarse solamente tras obtener la promesa por parte del ayuntamiento de que las situadas en el interior serían desmontadas. Diecisiete máquinas fueron hechas añicos y los daños ocasionados se valoraron en dos millones de reales. Inmediatamente, el alcalde de Alcoi solicitó ayuda militar y un regimiento de caballería, procedente de Xàtiva, y otro de infantería, desde Alicante, entraron en la ciudad el 6 de marzo. Los hechos tuvieron una gran repercusión y fueron debatidos en las Cortes en varias sesiones.

Sin embargo, la amenaza ludita no terminó aquí. El 29 de julio de 1823 unos quinientos hombres marcharon hacia Alcoi con el mismo propósito, produciéndose a la entrada de la ciudad un enfrentamiento con las tropas que mandaba el subteniente Tomás Sempere a resultas del cual humo numerosos heridos entre los campesinos y cinco de ellos fueron detenidos.

Entre 1823 y 1826 prosiguieron los rumores de que se preparaban nuevas acciones para destruir las máquinas En la mayoría de las ocasiones no pasaron de ahí, pero –aunque sin revestir la gravedad de los hechos mencionados– los intentos luditas se reprodujeron en 1823 y 1825, e incluso en años posteriores. Así, en 1844, la incorporación al proceso de producción textil de una nueva máquina –la carda de mecha de continua– provocó nuevos incidentes, si bien de escasa importancia.

A partir de esta fecha ya no se registra acción ludita alguna. La clase obrera comenzó a organizarse y a dirigir sus ataques no contra l0s medios materiales de producción sino contra la forma social de explotación.

______

NOTAS

La palabra ludita –nombre con el que se conoce al destructor de máquinas– deriva de un tal Ned Ludlam (o Ludd), aprendiz de tejedor en Leicester (Gran Bretaña), quien en 1779 destruyó los telares de su maestro empleador al no poder soportar más las continuadas prisas y regañinas de este.

El ludismo (en Alcoi especialmente) ha sido uno de los temas a los que he dedicado más tiempo –y, en consecuencia, escrito más páginas– en mi trayectoria profesional como historiador.

Antes que yo, en 1965, Antonio Revert publicó el libro Primeros pasos del maquinismo en Alcoy. Sus consecuencias sociales.

De mi obra puede consultarse, especialmente, los capítulos sobre el mismo en mis libros Lucha de clases e industrialización (1980) y Els moviments socials al País Valencià (1982), y el artículo “El ludisme” (1985), Debats, núm. 13. No obstante, este resumen es un extracto de la entrada que redacté para la Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana (2005-2008).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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5 respuestas a Esas malditas máquinas

  1. Sorprendente este blog y tus historias, ingresé por la música y ya estoy disfrutando con esta novela tuya. Un buen blog, con bastante y acertados antecedentes que ilustran bastante. Aprovecho de saludarte y agradecer estos relatos, más los videos musicales, siempre “amarrados” con la hisoria trás ellos, y aprovecho de solicitarte escribir dos artículos tuyos en una de mis páginas, así mis lectores conocen este blog y aprenden de lo que acá se relata (musicalmente y como historia). Un placer el leer lo que tu escribes, se hace “liviano” a pesar de contener bastante información y textos (esto lo rehuyen mucho los lectores), en mis páginas también existen textos largos, pero existen muchos lectores que gustan de ellos…entre ellos yo. Saludos y cariños,cf

  2. guillergalo dijo:

    Por ahí voy con tu novela

    • Espero que no te canse y llegues hasta el final. Lo que me sabe mal es que la versión que estás leyendo salió un desastre ya que Amazon, por su cuenta, la pasó a e-book y la maquetación no se corresponde con la edición en papel.
      Aunque lo pude corregir, no tengo ningún problema en enviarte (gratis, por supuesto) de la edición en papel.
      Si te resulta un coñazo leerla tal como figura en la primera versión en -ebook, no tienes más que mandarme un correo y gustosamente lo haré.
      Gracias por leerme, buen fin de semana y un abrazo.

  3. Automóviles Españoles SEAT vendidos en Argentina = Sin información oficial – Pistola Ballester-Molina Calibre 11,25 = Más de 2 Millones

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