Cómo Samuel descubrió a La Boétie

“El ratón de biblioteca” (1850), óleo de Carl Spitzweg.

“El ratón de biblioteca” (1850), óleo de Carl Spitzweg.

No había en Alcoi, ni pública ni privada, una biblioteca como la de don Anselmo. Que en aquella época alguien poseyera un millar de volúmenes era ya bastante insólito, no en Alcoi, en cualquier ciudad española. Sin embargo, don Anselmo pasaba de los mil quinientos. Había libros de derecho ─muchos─, de política, historia, economía, filosofía, literatura…, la mayoría coleccionados por su padre y su abuelo. Samuel se mostraba fascinado aunque no podía disimular que, sobre todo, se sentía algo intimidado. Don Anselmo (…) advirtió enseguida el apuro por el que pasaba Samuel y comenzó a explicarle los contenidos de los distintos armarios de su biblioteca.

―Todos estos ─señalando los dos armarios que quedaban a su izquierda─ son libros de leyes, no creo que te interesen demasiado. Tampoco los de esos otros armarios ─los inmediatamente pegados al último de los anteriores─ te dirán mucho, son de cosas técnicas. En ese ─quedaban dos armarios más─ predominan los libros de historia y de política, por ahí puedes empezar, pero te recomiendo sobre todo este último, ahí encontrarás los escritos de los más grandes pensadores de la historia, los que siempre, a contracorriente la mayoría de las veces, han apostado por la razón, la ciencia y el progreso. Novelitas de esas que tanto gustan ahora hay pocas, por no decir ninguna, pero no creo que eso te importe demasiado. Tú elige el que, por las razones que sean, más te llame la atención, si no te convence pasa a otro, pero no porque no lo entiendas ¿eh?, porque no te dice nada o no estás de acuerdo. Y si ves que no te aclaras, me avisas. Lee cuanto quieras, la instrucción es el único camino para ser libre. No lo olvides, Samuel. Anda, quédate aquí todo el tiempo que quieras, cuando desees irte se lo dices a Carmelo ─su criado─ y vuelve cuando te apetezca. Yo tengo cosas que hacer. (…)

Samuel quedó a solas en aquella estancia repleta de libros. Había una gran mesa de madera repujada con cuatro sillas, otra mesa más pequeña, de escritorio, con su sillón y sus dos sillas, y un butacón, de madera también repujada, con almohadón y respaldo de cuero. ¿Y por dónde empiezo? Si hasta hay títulos que no comprendo, pensaba, que no sé qué significan. Algunos debían ser muy antiguos, estaban escritos en latín y parte de ellos a mano. Cogió uno, no entendía nada. Otro a continuación, el mismo resultado. Los dejó en su sitio. Miró en el armario por el que don Anselmo le aconsejó que empezara, donde estaban las obras con los pensamientos más sobresalientes concebidos por las mentes humanas. Empezó a leer los nombres de aquellos sabios sin cuya aportación la humanidad, como también le explicó don Anselmo, hubiese ido aún a peor: Campanella, Vico, Mayans, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, el marqués de Argens, Burlamaqui… No conocía a ninguno de ellos. Se perdía entre las frases. Cogía uno y de pronto aparecía una maldita palabra, una expresión, que vete a saber qué significaría. Lo dejaba. Paciencia, se decía a sí mismo, cuando comenzaste a aprender a leer también te costó, los inicios siempre son difíciles. Cogía otro. Tres cuartos de lo mismo.

Empezaba a oscurecer y no se veía bien, nadie se había acercado por allí para encender una lámpara (…) Le dijo a Carmelo que debía marchar y que regresaría al día siguiente.

En cuanto le fue posible, no habían pasado ni veinticuatro horas, Samuel volvió a casa de don Anselmo. Le abrió la puerta Carmelo y le acompañó a la biblioteca. Esta vez iba provisto de una pequeña libreta y un lápiz.

Más de dos horas llevaba escudriñando en los libros de don Anselmo, sobre la mesa se apilaban unos cuantos que había empezado a leer, a ojear más bien, pero abandonado al encontrar algo que no entendía. Entonces anotaba el título en su libreta, la expresión o frase que no alcanzaba a comprender y el número de página. Ya lo consultaría en su diccionario.

―¿Todo eso es lo que estás leyendo?

Don Anselmo regresaba del Café de Oriente, de una de sus habituales tertulias.

―Usted me dijo que de ese armario fuera cogiendo libros y que los que no me interesaran los dejase, pero los que no entendiera no. Empiezo a leeros, pero me pierdo. Y escribo aquí lo que no comprendo.

―¿Para qué?

―Para averiguarlo después.

―¿Preguntándomelo?

―Pensaba primero mirar en un diccionario que tengo.

―Bien, hombre, bien. Uno por sí mismo ha de saber resolver los problemas que plantea el conocimiento. Así es como podrá hacerlo suyo, así es como podrá formarse. Lo otro sería adoctrinamiento. Pero tampoco lleves las cosas demasiado lejos, tampoco pasa nada si me preguntas. ¿De acuerdo?

―De acuerdo.

Don Anselmo se fijó entonces que junto a la libreta tenía abierto un pequeño libro, el de menor grosor de todos pero el de mayor aprecio para él.

―¿Y ese libro?

―Lo he cogido de ahí, de ese armario más pequeño, el que tiene las puertas de metal. Estaba abierto, y solo había papeles aparte del libro. ¿He hecho mal?

―En absoluto. Es que me ha llamado la atención verte con él. En ese armario que tú dices, que en realidad es una caja fuerte, guardo algunos documentos, escrituras de propiedades y otras cosas, como cartas, a las que tengo especial aprecio. Y el libro que estabas leyendo.

―Yo no quería meterme en sus asuntos.

―No te preocupes. Esta mañana buscaba la escritura de la finca de Les Carrasques. Necesito dinero, Samuel. ¡Pero no se lo digas a nadie! Mi reputación se resentiría ─dijo don Anselmo guiñando un ojo─. Me la he dejado abierta. Tampoco hay mucho que esconder.

―Yo…

―No tienes de qué disculparte.

La BoétieSamuel no había dicho toda la verdad. Cierto que la caja no estaba cerrada, pero tampoco abierta. La cerradura no estaba puesta. ¿Qué habrá ahí dentro?, se preguntaba al ver aquel pequeño armario de roble y segura de hierro forjado remachado con clavos de roseta. La curiosidad le pudo. Tiró de de la hoja y se abrió. ¡Bah!, se dijo, papeles. Iba a cerrarla de nuevo cuando vio el libro. Su encuadernación era preciosa, de piel de color rojo y estampaciones en oro formando triángulos en las cuatro esquinas de la portada, en cuyo centro, troquelado, aparecía el título: Discurso de la servidumbre voluntaria. Servidumbre voluntaria… Curiosa acepción, pensó nada más verlo. Lo cogió, lo ojeó, estaba escrito a mano pero la caligrafía era excelente, y empezó a leer. Hasta que llegó don Anselmo.

―¿Has empezado a leerlo?

―Casi lo he acabado, es corto, y se lee bien.

―¿Entiendes la letra?

―Sí, perfectamente. Es clara, y bonita. ¿Es suya?

―No, la caligrafía es de mi padre.

―¿Por qué está escrito a mano?

―Mi padre había oído hablar del libro cuando estaba en Madrid y quería tenerlo. Consiguió una edición en francés durante la que muchos llaman guerra de la independencia. ¿Independencia de qué? ¿Del progreso?, ¿de la civilización? Mi padre era un afrancesado, le daba igual que la razón la tuvieran los franceses o los chinos, es una cuestión universal. A punto, sin embargo, estuvo de costarle la vida. Pero volvamos al libro. Cuando por fin lo consiguió tenía un serio problema: no sabía francés. Pagó porque se la tradujeran, pero fue él mismo quien se encargó de escribir la traducción, el otro leía en voz alta, en castellano, y mi padre iba escribiendo lo que decía, pero nunca antes de estar convencido que lo que le dictaban era lo que realmente estaba allí escrito, nada que antes no comprendiera bien.

―Por eso me ha dicho que lo apreciaba.

―Por eso y por lo que dice La Boétie.

―¿Quién era el Boétie ese?

―La Boétie, Samuel, La Boétie. Un escritor francés que había estudiado derecho, un adelantado a sus tiempos que supo indagar en el espíritu humano y defender la libertad. ¿Sabes cuándo escribió esta obra? En 1548. Tenía dieciocho años, más joven que tú ahora. ¿Qué te parece? ¿Ves a lo que puede llegar uno cuando tiene libertad de pensamiento? Hay que pensar, Samuel, reflexionar, formarse las propias opiniones. Obviamente atendiendo la razón, nada de credos ni supercherías. Nadie podrá nunca prohibirnos pensar. Bueno, te dejo, sigue con él. Ya me comentarás qué te ha parecido cuando lo termines.

Ya en su casa, por la noche (…) Samuel se puso a repasar lo que había copiado del libro en su libreta. ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece (…) Hay una sola [cosa] que los hombres, no sé por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad (…) todos los seres sienten el peso de la sujeción y corren en pos de la libertad. Y puesto que hasta los animales destinados al servicio del hombre no pueden acostumbrarse a la esclavitud, antes bien declaran su deseo de sacudirla, ¿qué fatalidad pues ha podido desnaturalizar al hombre, único nacido para vivir libremente, hasta el punto de borrarle de la memoria la dignidad de su ser primitivo y el deseo de recobrarlo? (…) las primeras víctimas del despotismo lo sufren con violencia; pero los que nacen después de ellas, como no han disfrutado de la libertad, ni saben en qué consiste, sirven sin repugnancia y hacen de buena gana lo que sus pasados sólo hicieron a la fuerza (…) naciendo los hombres bajo el yugo, crecen y se desarrollan con él, no miran más adelante y se complacen en vivir como han nacido, sin pensar en otro derecho ni otra felicidad que la que han encontrado, y llegando finalmente a persuadirse de que el estado de su nacimiento es el de su naturaleza

¿Se puede ser dócil, sumiso, servil, incluso esclavo, voluntariamente? ¿Acepta el que ha nacido en un ambiente penuria y miseria su destino, la inmutabilidad de su situación puesto que siempre, cree, está convencido, ha de haber quien mande y quien se limite a obedecer, y a él le ha tocado, como a la mayoría, pertenecer a la clase de los dominados? Samuel sentía como suyas las palabras de La Boétie. A su juicio, aquellos que había conocido de pequeño en el Raval, con los que había compartido parte de su existencia, con los que había trabajado en las fábricas, no se comportaban de otro modo. A su mente regresaba la imagen de Pellerot vara en mano, la mirada gacha de sus compañeros de trabajo y ese rumor de voces apagadas que denotaban obediencia.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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