Carnaval en Montmartre. La fiesta de Frossard

Babilonia. Tema del baile de Quat’z’Arts de 1933.

Babilonia. Tema del baile de Quat’z’Arts de 1933.

Si durante todo el año el tranquilo Montmartre mudaba de aspecto conforme avanzaba la noche al tiempo que se consagraba a los placeres más mundanos, en época de carnaval el delirio, el desenfreno, guiaba la conducta de los millares de personas que llenaban sus calles y plazas. De disoluto en grado extremo y ofensivo para la gente de bien ─que sabedora de su “inmoralidad”, no obstante, año tras año, seguía acudiendo a presenciar su desfile─ se consideraba el baile anual de Quat’z’Arts, organizado por los estudiantes de la Escuela de Bellas Artes. Tres o cuatro mil invitados se congregaban cada año para conmemorar la llegada de la primavera y recorrían la Butte en el que seguramente era el más licencioso de los desfiles de la época. (…)

Dos instantáneas del baile de Quat’z’Arts de 1897.

Dos instantáneas del baile de Quat’z’Arts de 1897.

En el patio de la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes el día del desfile (1913). Fotografía: Léon Gimpel.

En el patio de la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes el día del desfile (1913). Fotografía: Léon Gimpel.

No era, sin embargo, la única celebración que tenía lugar en la Butte durante los días precedentes a la Cuaresma. Así, Frossard solía organizar su particular celebración con un divertido ceremonial que venía repitiendo desde hacía ya diez años. Cada vez, cada año, Frossard “se desposaba” con una mujer distinta. Él vestía siempre un elegante frac, ella según el tema sobre el que versara la cabalgata estudiantil del año en curso. En esta ocasión, el atuendo de “esposa” era una túnica de gasa que apenas disimulaba sus formas, adornado profusamente con flores de azahar. Frossard y “su mujer” invitaban a amigos y conocidos a la “boda”, con la condición que todos ellos debían asistir ataviados “a la moda burguesa”. La “boda” iba de café en café, sumándose a la misma algunos curiosos. Un cabaret les abría sus puertas y en su sala principal, al son de una música desenfadada a la que solían acompañar letras procaces, se montaba un enorme bullicio. Parecía que todo el mundo había enloquecido.

Banquet costumé d'artistes pour la Mi-Carême 1901 à Paris. Comme aux bal des Quat'z'Arts, les modèles y figurent pratiquement nusChez Adèle era un bistrot de la calle Norvins que regentaba su propietaria, Adèle, una mujer menuda y afable, desde que unos años antes abandonara la dirección del Lapin Agile. Su café-restaurante era un auténtico remanso de paz que disponía de un jardín con dispersos bosquecillos y vastos cenadores. Empezó vendiendo patatas fritas, pero la fidelidad de sus clientes le permitió agrandar el negocio. Aunque la apariencia era la de una vieja caseta de madera que podía recordar el lejano Oeste americano, el local constaba de dos piezas: una cocina con una barra y una sala con dos grandes mesas. De los muros colgaban dibujos y telas de pintores de la talla de Willette, Vaillant o Suzanne Valadon. Samuel era un asiduo de Chez Adèle, comía y cenaba muchas veces allí, en una de las dos mesas, aunque desde que estaban sus amigos en París lo había hecho en contadas ocasiones. Rosa se empeñaba en cocinar y para Esclafit salir a comer fuera de casa constituía un despilfarro. Pudiendo comer en casa, ¿qué necesidad hay de ir por ahí derrochando el dinero? Cuando estás solo no te digo que no, pero ahora que puedes… Aprovecha. Además, a Rosa, le encanta cocinar, ya lo sabes. Así era, Rosa guisaba de maravilla y decía encontrar más placer cocinando que comiendo. Naturalmente que Samuel lo sabía, en Alcoi comía en su casa, en la de ella y Esclafit, a cada dos por tres, y en la masía casi siempre era ella la encargada de cocinar. (…) Mas por buena que estuviera la comida de Rosa, una semana tras otra saliendo a comer fuera una o dos veces únicamente superaba, en su opinión, los límites de lo razonable. Como en tantas otras cosas, lo extraordinario para ellos era lo habitual para él, que no podía evitar cierta ironía con su amigo cuando salía a relucir el tema. Le divertía escuchar a un anarquista ortodoxo como Esclafit hablar de ese modo.

Chez Adèle fue el primer establecimiento que los invitados de Frossard visitaron. Entraron en tromba, eran demasiados y parecían un ejército de hidrópicos. Luego fueron al Lapin, otro de los sitios preferidos de Samuel. Su terraza, en verano, era una auténtica delicia. Allí pasaba horas y horas en una de sus mesas rectangulares de madera, a la sombra de una vieja acacia, con otros asiduos del lugar. Claro que, de eso, hacía ya años. Desde que había regresado a París en compañía de sus amigos no había atravesado su puerta, sobre la que aparecía escrito en letras blancas: El primer deber del hombre es tener un buen estómago. Y pocos miramientos, añadía con sorna Samuel en presencia de Frédé, su dueño, director y animador, un artista que en público igual tocaba la guitarra que el cello, recitaba poesías suyas o de otros, y tenía como principales hobbies la pintura y la cerámica, artes que no se le daban nada mal. Un individuo sin duda peculiar, de pelo y barba canosos, largos y descuidados, siempre con su pipa y su sombrero o gorra típica de los marineros.

nu-autochromeLa euforia, desatada desde media tarde, parecía que aún conservaba alguna atadura a las formas y se liberaba con furia en el Lapin. Los “novios” entraron llevados en andas por seis muchachos mientras que seis muchachas arrojaban a su paso pétalos de rosas. Los jóvenes cubrían sus vergüenzas con un sucinto taparrabos abierto por los lados que en realidad, al más mínimo movimiento, nada tapaba; ellas iban prácticamente desnudas, con un pecho al aire y un corto vestido transparente, de tul, y ambos llevaban la cabeza adornada con coronas de flores blancas. Más de una vez estuvieron a punto de caer al suelo ante el agolpamiento de gente a su alrededor que, entre bromas, cantos y risas, seguían la pantomima como si fuera el último acontecimiento de sus vidas, unas vidas para las que lo único que importaba era el momento. La desinhibición era total y cualquiera que visitara Montmartre por primera vez o desconociera el contenido y significado de la celebración ─pocos, por otra parte, se adentraban en la Butte de noche sin las debidas precauciones, era territorio apache─ podía pensar que el fin del mundo estaba al caer y alguien les había avisado que más allá de la muerte nada existía, lanzándose así a una orgiástica y mundana última conmemoración en la que los excesos solo eran desorden y libertinaje a los ojos de un neófito, para ellos era algo usual, había que vivir el momento, nada más.

Tras el Lapin, recorrieron aún otro par de cabarets en los que representaron el mismo ritual, cada vez, eso sí, más desmadrado. Finalmente, al amanecer, los convidados acompañaron a la feliz pareja a su tranquila calle de Oriente, donde el marchante poseía una vieja casa.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
Galería | Esta entrada fue publicada en Literatura y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Carnaval en Montmartre. La fiesta de Frossard

  1. Hermosa pintura!!!!! Gracias, Manu!!!!!

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