Una aparición espectral

Jason D. Page.

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Doña Florencia hizo por fin acto de presencia. A cualquier espectador más o menos escéptico le hubiese costado creer cómo aquella menuda mujer que, si no fuese porque vestía de manera tan estrambótica como eran sus reflexiones y predicciones hubiera podido confundir con cualquiera de sus vecinas, tenía tanta ascendencia sobre el marqués. Pero, a poco que se fijara, se daría cuenta que su rostro era un palimpsesto de sensaciones cuyas huellas mostraban la fatiga de tantos años de brega entre el mundo tangible y el más allá. Si, además, como le sucedía al marqués, era un convencido de la existencia de un mundo oculto, apreciaría en sus profundos ojos, de mirada inquisidora, la facultad de penetrar hasta lo más recóndito del alma de su consultante. Su rostro, poco expresivo, impasible, cuando entraba en trance se volvía luminoso y osado.

―Veo ─no supongo, opino o creo; veo dijo, antes de que el marqués pronunciara palabra alguna─ que alguna presencia extraña ha irrumpido en su vida. ¿Me equivoco?

―En absoluto, doña Florencia ─el marqués respiró aliviado─. Desde ayer…

―Permítame que suba un momento a mi alcoba y me adecente un poco. ¡Qué engorrosos son los viajes en diligencia! Pase al gabinete, enseguida estoy con usted.

Doña Florencia hizo gala de su poder adivinatorio y pronto empezó a descifrar los enigmas que rodeaban tan inextricable cuestión. Es evidente, le dijo, que un espíritu está detrás de todo esto. Los motivos, afirmó, no podía averiguarlos en una primera sesión. El asunto, de todas formas, pintaba mal. Lo mejor sería ─sugirió al marqués, que aceptó enseguida─ realizar una sesión en el mismo lugar donde habían tenido lugar los hechos. Por supuesto, a medianoche, y a ser posible con todas las personas relacionadas con la aparición. Cuanto antes, mejor, manifestó. Mañana mismo, apuntó el marqués.

Nadie faltó a la cita, aunque se retrasó un día. Doña Florencia quería contar con la presencia de un colega suyo italiano especialista en espectros que, casualmente, iba a estar ese día en Barcelona. A las doce de la noche allí estaban, acompañando a doña Florencia y su colega, el marqués, su cochero, Samuel ─que llegó cojeando, apoyándose en un bastón─, una asustada Elvira y Brigitte, que no se sabía muy bien qué pintaba, pues nada directamente había tenido que ver con las visiones, o lo que fuera aquello. Ayudados de antorchas, lo primero que hicieron fue inspeccionar el terreno. Todo estaba aparentemente en orden, no había tierra removida ni nada detrás de unos arbustos cercanos. Tras consultar doña Florencia con el italiano la conveniencia del método a emplear, trazaron un círculo con cal y se colocaron alrededor del mismo. En nombre de Salomón, hijo de David, príncipe de los magos, te invoco y te conjuro ─comenzó a recitar la médium con voz ceremoniosa, grave, y un tono in crescendo─. Comparece de inmediato, muéstrate ante nosotros. Tú, que habitas entre mundos, manifiéstate, aquí, en este círculo.

Ningún resultado, todo permanecía tranquilo. El marqués, evidentemente, no. El colega de doña Florencia sugirió entonces arrojar al centro del círculo tres papeles con los nombres escritos de Astarté, Acharat y Althotas, que ni siquiera él sabía a ciencia cierta quiénes eran pero conocía de los escritos de Cagliostro, del que decía ser seguidor. Funcionó. Lanzó primero uno mientras pronunciaba unas palabras ininteligibles que sonaban a latín, luego hizo lo mismo con el otro papel y repitió la operación con el tercero. Fue caer este último al suelo y salir del mismo un haz de luz amarillenta envuelta en una humareda que al disiparse permitió a los concurrentes, en medio del espanto general, advertir la presencia de aquel bulto negro extraño, de apariencia humana pero gigantesca. Durante unos segundos permaneció inmóvil, como el resto de los participantes del misterioso ritual, pero inmediatamente sus proporciones comenzaron a cambiar, igual aumentaba de tamaño que encogía, podía ensancharse exageradamente y al momento contraerse hasta la escualidez. Sus facciones también cambiaban y si, en un principio, parecía la misma reencarnación del diablo ─ojos saltones, rojos, encendidos, grandes cejas y enorme nariz─ en un periquete su rostro adquirió la fisonomía de un atribulado joven. De repente, como si fuera un globo que se desinflaba, la tela que cubría el elástico cuerpo del gigante, cayó al suelo. Sin embargo, la cabeza siguió en el mismo sitio, sin materia alguna que la sustentara, su semblante se había vuelto confuso e indistinto. Se oyó entonces la risotada que algunos de los presentes ya conocía, la cabeza también desapareció y la oscuridad regresó de nuevo, y con ella el desconcierto y el miedo.

Ni doña Florencia ni su colega supieron dar una explicación de lo sucedido más allá de constatar la intervención de un espíritu que, posiblemente ─en eso se mostraron ambos de acuerdo─, había sido objeto en aquel lugar de algún desgraciado episodio que le ocasionó una muerte prematura y violenta. Doña Florencia se comprometió a, si era necesario, pasar la noche siguiente en blanco con su amigo para tratar de descifrar las claves del tenebroso hecho que acababan de presenciar y a decirle alguna cosa en un par de días.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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