Así murió mi padre

“El velatorio” (s.f.), óleo de Ulpiano Checa (1860-1911).

“El velatorio” (s.f.), óleo de Ulpiano Checa (1860-1911).

Así [murió mi padre]. Por eso el olor a muerte que desde entonces mi olfato ha sentido siempre en aquella casa, (…) un olor parecido al que se obtiene al frotar el dorso de una mano con la palma de la otra previamente mojada con saliva, un olor a azufre y amoniaco, pesado, que desde que mi padre entró en descatexia era cada día más penetrante, un olor corrompido a causa de la desintegración del cuerpo y del espíritu, putrefacto, propio de un cuerpo ensuciado por la enfermedad, lacerado, vulnerado y cada vez más vulnerable, el olor de la soledad del moribundo, una soledad que nadie respeta, pues entienden la muerte como el último acto de su relación personal y los familiares se llenan de congoja hacia el moribundo y hacia ellos mismos porque se acerca el final de esa relación, incluso siendo prácticamente inexistente, como en el caso de mi padre, y lo visitan, entran a la habitación compungidos, pobre, dicen, qué triste, qué horror, acreciendo la soledad del moribundo incluso antes de que este haya perdido toda comunicación con el mundo exterior y toda sensación de conciencia de sí mismo, momento que la medicina no sabe a ciencia cierta cuándo se produce. Pero ya es un despojo humano, y así lo tratan. Después de las lamentaciones hablan de otras cosas, de sus cosas, y de si sentirá el moribundo algo o no sentirá nada, y acaban hablando del partido que vieron ayer en la televisión o de los problemas de la vecina del segundo, atropellando sin pudor alguno su dignidad, pues en el fondo reina la indiferencia, la frialdad disfrazada de lamentos. En la habitación de mi padre casi siempre había alguien, era el marido de mi madre, la hija de don Tomás, El Abogado. No iban a verle a él realmente sino a cumplir con un deber, una obligación que era simple apariencia, compromiso social. Su habitación se había convertido en un lugar público del que entraban y salían unos y otros sin permiso del futuro finado. Pero no entraba vida con ellos sino más muerte.

A mí, durante todo el proceso de degradación física, también moral, supongo –ya tendré tiempo de averiguarlo cuando llegue el momento a no ser que la muerte decida ser benévola conmigo y, contrariamente a lo más común, se presente sin avisar– no me dejaron ver a mi padre. Supongo que la habitación en que lo habían confinado, siempre en penumbra –total nada había ya que ver–, estaría llena de palabras y pensamientos sueltos que ni se conocían ni se reconocían, y las cosas desordenadas y sin control no son aptas para un niño. Un día entré sin que nadie me viera, sigilosamente, me aseguré de que no había nadie cerca, mi madre había salido, Pedro cuidaba el jardín y mi abuela estaba en misa. No alcanzaba a ver nada en aquella penumbra, las cortinas estaban echadas y las ventanas entornadas, dejando pasar una tenue luz, de tan poca intensidad que lo hacía todo más enigmático, más oculto, aunque era a mitad mañana. Encendí la luz y vi un rostro amoratado, forzado, que no gesticulaba pero transmitía una gran exasperación a causa del inmenso dolor, con la mandíbula desencajada pero apretando fuertemente los dientes, los ojos hundidos, al igual que las sienes y las mejillas. Aquel rostro no lo olvidaré jamás, se ha convertido en la imagen de mi padre, del infortunio y el desarraigo. Ese rostro agonizante me acompañará siempre, unido a un olor triste en el que se mezcla la putridez de la muerte con la acidez de la lejía, un olor que se esparcía por toda la casa, lo impregnaba todo y calaba hasta las entrañas.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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5 respuestas a Así murió mi padre

  1. ksiklbo dijo:

    Duro fragmento, Manuel.
    un abrazo

  2. Sin palabras. Gracias por dar a conocer tu novela, ya está en mi lista.

  3. etarrago dijo:

    Escribes … de maravilla, Manuel.

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