El género como categoría de análisis histórico. Una reflexión en torno al 8 de marzo

“Las espigadoras” (1857), óleo de Jean-François Millet.

“Las espigadoras” (1857), óleo de Jean-François Millet.

Hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora (también Día Internacional de la Mujer, a secas), una jornada que no ha perdido un ápice de su carácter reivindicativo –todo lo contrario– pero sobre la que cabe preguntarse qué es lo que en realidad reivindica en estos momentos.

Hubo un tiempo –allá por las décadas de 1960 y 1970–, en el marco de lo que algunos han bautizado como “eclosión de los nuevos movimientos sociales”, en que comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar –tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos– parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica.

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Manifestación feminista en Nueva York (1970).

Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin del sistema capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas “desde dentro” y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que, ciertamente, denunciaban las desigualdades del sistema y se oponían a ellas, y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el “fin de la historia”, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias… o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el sistema capitalista –por algo se llama así– es la situación económica –la posesión de bienes, lo que solo es posible para quien dispone de capital para ello– la que está en el origen de cualquier desigualdad.

poverty-has-a-womans-face_optEn este contexto –en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles–, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter, El uno es el otro, 1986)  ni su doble explotación (por ser persona y por ser mujer), ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es más amplio y complejo. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese “otro mundo posible”, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc.), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el status quo imperante al considerar su “problema” como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.

“Men-Women”. Pauline-Siebers©

“Men-Women”. Pauline-Siebers©

Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién? Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada “revolución de la mujer” ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores –como la competitividad o la defensa del libre mercado– considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman. Y la verdad: que quién me explote sea un hombre o una mujer es secundario, lo que me importa es que no me exploten.

El género no puede ser una categoría de análisis del pasado ni del presente. Considerarlo así es subordinarlo de hecho a las relaciones de poder y de clase y reducirlo a símbolos y representaciones. El análisis ha de enmarcarse dentro de los límites en que actúan los mecanismos de control social que posibilitan tal situación. No es el género el que nos separa, es la desigual participación en la distribución de bienes.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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4 respuestas a El género como categoría de análisis histórico. Una reflexión en torno al 8 de marzo

  1. No has podido elegir mejor el cuadro, Las espigadoras de Millet, para ilustrar el tema de hoy.

  2. Ana Alberola dijo:

    Sabias palabras y precioso cuadro. Siempre se aprende algo de tí. Gracias

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