Brother, Can You Spare A Dime? (Hermano, ¿puedes darme una moneda de diez centavos?)

CAP

¿Se lo han preguntado alguna vez? ¿Alguien le ha pedido una moneda, un euro, un dólar, unos céntimos, unos centavos, lo que sea? Cada vez más gente, ¿verdad?

Es lo que hace el protagonista de la canción que traemos hoy a nuestro blog Música de Comedia y Cabaret. Ya hemos dicho en otras ocasiones que esta no es solo una música alegre, desenfadada, divertida; también es ácida, corrosiva y con una fuerte carga de crítica social. Brother, Can You Spare a Dime? ─que podríamos traducir como “Hermano, ¿puedes darme una moneda de diez centavos?”─ fue uno de los temas más conocidos en Estados Unidos durante la Gran Depresión. Esta maravillosa canción fue compuesta en 1931 por Jay Gorney, con letra de de E. Y. Yip Harburg, para el musical de Broadway New Americana. Está basada en una canción de cuna que Gorney ─en realidad Abraham Jacob Gornetzsky, nacido en 1894 en Bialystock (actual Polonia, entonces Rusia), de donde huyó tras el pogromo de 1906─ escuchaba cuando era niño.

Desempleados en Chicago haciendo cola frente a un comedor social abierto por Al Capone (1931). Colección Nara.

Desempleados en Chicago haciendo cola frente a un comedor social abierto por Al Capone (1931). Colección Nara.

Los “felices años 20” llegaron a su fin poco antes de terminar la década. El 24 de octubre de 1929 los valores de la Bolsa de Nueva York cayeron en picado y no consiguieron recuperarse. Apenas habían transcurrido diez años desde el fin de la Primera Guerra Mundial y otra vez el mundo parecía caminar hacia el abismo. Esta vez, la hecatombe alcanzaba al viejo y al nuevo continente; es más, Nueva York fue el epicentro del terremoto financiero que colapsó la economía mundial y sumió en la pobreza, la miseria y el desamparo a millones de trabajadores tras arruinar a poderosos capitalistas y a cuantos habían invertido en bolsa.

Michigan 1932. Fotografía: Detroit News Archives.

Michigan 1932. Fotografía: Detroit News Archives.

El desenfreno especulativo se desató en Estados Unidos tras convertirse en primera potencia mundial al término de la guerra de 1914-1918 a raíz de su participación a finales de 1917 y, sobre todo, de los suministros y créditos facilitados a los aliados durante la misma. Había dinero, mucho dinero, y los bancos del Estado bajaron los tipos de interés. La economía estadounidense era la más pujante del planeta, todo eran beneficios. Invertir en bolsa era una manera rápida y fácil de obtener suculentos dividendos, todos los valores avanzaban. ¡Pero si hasta en los principales hoteles de todos los estados del país los bancos llegaron a instalar unas máquinas que, sobre largas cintas de papel, proporcionaban información al instante de la evolución de las operaciones de Wall Street! Todo el mundo especulaba, incluso llegaron a venderse acciones de sociedades inexistentes. La economía se hinchó como un globo que se sabía que explotaría de un momento a otro, pero nadie dejaba de soplar mientras siguiera proporcionando beneficios. Y al final, claro, estalló. Y la gente empezó a perder su empleo, sus ingresos, sus ahorros ─lo que valía cien en 1921 costaba diez años después trescientos─ y sus casas. Sucedió hace ochenta y cinco años, pero parece que lo estemos viviendo, ¿no creen?

By State Library of New South Wales collection

Colección de la State Library of New South Wales.

Entonces, como ahora, los efectos de la crisis económica pronto traspasaron el umbral de los despachos financieros y se dejaron sentir en el conjunto de la población. Largas colas de obreros demandando trabajo y un mayor número de menesterosos pidiendo limosna formaban parte del paisaje cotidiano de las ciudades occidentales. El número de parados aumentaba día a día: a principios de la década de 1930 el 23% de los trabajadores estaban desempleados en Gran Bretaña y Bélgica, el 24 en Suecia, el 25 en Estados Unidos, el 29 en Austria, el 31 en Noruega, el 32 en Dinamarca y el 40 en Alemania. Muchos se quedaron también sin hogar. Y hubo manifestaciones y otros actos de protesta que, cómo no, se atribuían a agentes comunistas interesados en desestabilizar el sistema. De eso se acusaba, por ejemplo, al Consejo de Desempleados de Harlem, que organizó grupos de defensa para resistir los desahucios. Cuando llegaban los alguaciles para hacer efectiva la orden, decenas, centenares, incluso miles de personas se concentraban en el lugar para impedirlo bajo el lema “Si no hay trabajo, no hay renta”. Los guardias sacaban a la calle el mobiliario, y nada más irse estos, los grupos contra desahucio los volvían a subir al apartamento.

Madre y niño en Oklahoma (1936). Fotografía de Dorothea Lange.

Madre y niño en Oklahoma (1936). Fotografía de Dorothea Lange.

¿Les suena todo esto? Podríamos decir la consabida frase parece que fue ayer, y sí, lo fue, pero hoy la realidad se muestra más terrible todavía. ¿Será verdad que la historia se repite? ¿O es que no cambiaremos nunca y que la codicia, el egoísmo y la indolencia pueden más que el altruismo y la solidaridad? Tal vez sea esto, principalmente la indolencia, el gran mal del siglo XX, como escribió Pessoa. De ahí el desconcierto que nos invade, el mismo que al protagonista de la canción. “Está desconcertado. Aquí tienes al hombre que había levantado su fe y esperanza en este país”, dice la letra. “Luego vino el crac. Ahora no puede aceptar el hecho de que la burbuja ha estallado. Él todavía cree. Todavía tiene fe. Simplemente no entiende lo que pudo haber ocurrido para que todo vaya tan mal”, prosigue. ¿Les suena también?

Pero vamos con esta hermosa canción, bella, triste, melancólica, que finaliza con ira, repitiendo el principio ─Hermano, ¿puedes darme una moneda de diez centavos?─ una octava más alto, un tema que se pregunta por qué las gentes que levantaron la nación, construyeron los ferrocarriles, los rascacielos, lucharon en la guerra, cultivaron la tierra e hicieron lo que su país les pedía se encuentran abandonadas, viven en la miseria. La primera versión que escuchamos fue grabada por Rudy Vallée en 1932, apenas un año después de su estreno en Broadway. El vídeo recoge imágenes sobre la crisis, sus causas y sus efectos.

Bing Crosby y Al Jolson, figuran entre quienes la grabaron poco después. También Dave Brubeck Quartet hizo una más que interesante versión instrumental jazzística en 1955 y cantantes como Tom Jones (1970) y George Michael (1999) la incorporaron a su repertorio en versiones más melódicas. Veamos la de Tom Jones.

Una fantástica versión es la que grabó en 1991 la cantante y compositora estadounidense de jazz Abbey Lincoln en su disco You Gotta Pay the Band. En el vídeo que sigue la interpreta en directo. Desconocemos la fecha y el lugar de la actuación.

De 2010 es la interpretación que nos ofrecen Miss Rose & Her Rhythm Percolators, un trío de Seattle que recrea fielmente la música de la década de 1920 y de mediados de la de 1930.

Fotografía de Juan Martín© publicada en el diario “La Rioja” (22 de octubre de 2010)

Fotografía de Juan Martín© publicada en el diario “La Rioja” (22 de octubre de 2010)

Finalizamos con un vídeo propio. No hemos podido resistir la tentación. Demasiados paralelismos, demasiada rabia. Con imágenes, por desgracia ya familiares en exceso, escuchamos Brother, Can You Spare a Dime? en versión de la cantautora estadounidense Allison Moorer (Alabama 1972).

Que les vaya bien, o lo mejor posible.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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3 respuestas a Brother, Can You Spare A Dime? (Hermano, ¿puedes darme una moneda de diez centavos?)

  1. La historia, en muchas ocasiones, y en particular en economía y los estragos sociales que produce, parece cíclica.
    Respecto a la canción, me ha gustado mucho la última versión. Qué gran voz la de Allison Moorer -no sabía que la había cantado.

    • La historia es cíclica, sí, pues sus protagonistas somos las personas. Y desde que el ser humano empezó a considerarse como tal, humano, desde que creyó dominar la naturaleza y fue poco a poco ─aunque de forma progresiva─ olvidando que es parte de ella, iniciamos el camino a la extinción. Nuestro único mérito estriba en ser el animal más temeroso de sus iguales y, en consecuencia, el menos solidario con su género y su entorno, capaz de poder tomar decisiones sin recurrir a los sentimientos ─”Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización” (Pessoa)─ y distinguir lo verdadero y lo justo desde la convicción absoluta que existe una voluntad general distinta y superior a las voluntades individuales. Lo llaman progreso. Antes razón. Antes dios. Antes dioses.

  2. etarrago dijo:

    Y a ti también, Música, que nos endulzas las tardes sin que nos demos cuenta.

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