Amor con sabor francés

“Amoureux de Paris” (década de 1960). Fotografía de Leon Herschtritt

“Amoureux de Paris” (década de 1960). Fotografía de Leon Herschtritt

Decía Sthendal que “el hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más bella de la vida”. Y Feuerbach se preguntaba: “¿Es el hombre quien posee amor o es, más bien, el amor quien posee a los hombres?”

Novelistas, poetas, filósofos, pintores, escultores, cineastas y –por supuesto– músicos han encontrado en el amor –con mayor o menor fortuna–  un filón de inspiración inagotable. De las canciones compuestas que hablan de amor, sobre él y/o desde él, versa nuestra entrada de hoy, si bien más que canciones deberíamos decir chansons. Y es que –recordemos aquel tópico de que París es la ciudad del amor– serán canciones francesas –estrenadas generalmente en los cabarets o en las salas de espectáculos de la capital gala– las que llenen la presente entrada en una selección un tanto arbitraria –toda selección, en el fondo, lo es– cuyo único propósito es recordar algunas de las más bellas melodías de la chanson que hablan de amor.

Comenzamos con Plaisir d’amour, una canción de 1785 nada menos que es considerada una especie de anticipo de lo que sería la chanson. Con letra de Jean-Pierre Claris de Florian y música de Jean-Paul-Égide Martini, es probablemente una de las mejores canciones de amor de todos los tiempos, que nunca ha dejado de grabarse e interpretarse. “El placer de amor solo dura un momento, / las penas de amor duran toda la vida. / Lo dejé todo por la ingrata Silvia, / pero ella me abandonó por otro amante. / El placer de amor solo dura un momento, / las penas de amor duran toda la vida. / Mientras el agua siga deslizándose lentamente / hacia el arroyo que se aleja, / yo te amaré, me repetía Silvia. / El agua sigue corriendo, / ella, sin embargo, me ha cambiado por otro. / El placer de amor solo dura un momento, / las penas de amor duran toda la vida”, dice su letra. Bueno, más que del amor podríamos decir que la canción habla del desamor, pero ¿qué sería de uno sin el otro? Son André Rieu y la JSO, con las sopranos Carmen Monarcha y Mirusia Louwerse, quienes la interpretan durante un concierto celebrado en Dresde en 2008.

¡Ah, cuánto nos amamos! Cuando el sol comenzaba a ponerse, nos permitía ser felices. Nos abrazábamos frente a la ventana, ante los celos de los vecinos por nuestra juventud, viene a decir el estribillo de Ah! c’qu’on s’aimait…, una canción de 1913 con letra de Lucien Boyer y música de Paul Marinier, que escuchamos por Cora Vaucaire en una secuencia de la película La ronde, dirigida por Roger Vadim en 1964.

De 1920 es Mon homme, de Maurice Yvain (música) con letra de André Willemetz y Jacques Charles, a la que en su día dedicamos una entrada (1 de agosto de 2013). Es esta una canción que nos habla del amour fou, de ese amor incontrolado e incontrolable que nos paraliza, hace que perdamos la cabeza y nada veamos fuera de él, pues a él y solo a él se ha reducido nuestro mundo. “En este mundo, mi única alegría, mi única felicidad, / es mi hombre. / He dado cuanto tengo, mi amor y todo mi corazón / a mi hombre. / Y por la noche, / cuando sueño es con él, con mi hombre. / No es guapo, ni rico, ni fuerte, / sé que soy idiota pero le amo. / Él me pega, / me roba, / yo no puedo más, / pero así y todo / qué quieren que les diga. / Estoy tan colgada de él, / que me vuelvo, loca”. La versión que de Mon homme incluimos –que no figuraba en la referida entrada– corre a cargo de una de nuestras cantantes de jazz preferidas: Dee Dee Bridgewater, que grabó en su álbum J’ai deux amours (2005).

Parlez-moi d’amour es una canción de 1924, con letra y música de Jean Lenoir, popularizada por Lucienne Boyer en 1930. “Háblame de amor, / con palabras cariñosas. / Mi corazón nunca se cansa de escuchar / tu bella voz”. Es Juliette Gréco quien nos deleita con este hermoso tema durante un concierto que dio en Berlín en 1967.

Seguimos con una canción –a la que también dedicamos una entrada el pasado 24 de abril– con la que uno, como comentábamos entonces, mantiene una extraña relación de amor-odio. Hablamos de J’attendrai, que compusieron en 1937 Dino Olivieri (música) y Louis Poterat (letra). Siempre que la escucho me pregunto: ¿cómo una canción tan bella pudo ser utilizada de forma tan alevosa? “Esperaré, día y noche, / esperaré siempre tu regreso. / Esperaré, porque el pájaro que huye / regresa a buscar el olvido a su nido. / El tiempo pasa y corre, / mi corazón late apenado. / Sin embargo, esperaré tu regreso. / Las flores palidecen, el fuego se apaga, / la sombra se cuela en el jardín, / el reloj avanza lentamente. / Creo escuchar tus pasos. / El viento me trae ruidos lejanos / y en mi puerta escucho en vano. / Desgraciadamente, nada más, / nada más viene. / Esperaré, día y noche, / esperaré siempre tu regreso. / Esperaré, porque el pájaro que huye / regresa a buscar el olvido a su nido. / El tiempo pasa y corre, / mi corazón late apenado. / Sin embargo, esperaré tu regreso”, dice su letra. Mas era uno de los temas preferidos por los nazis para que las orquestas de los campos de exterminio –formadas, obviamente, por presos– la interpretaran en macabras ceremonias (como música de acompañamiento en las ejecuciones, por ejemplo). La escuchamos en la versión que Asier Etxeandia grabó para la película de 2007, dirigida por Emilio Martínez Lázaro, Las 13 rosas.

“El cielo azul / puede caer sobre nosotros. / Y la tierra / puede igualmente hundirse. / Poco me importa / si tú me amas. / Nada del mundo me interesa / mientras el amor inunde mis mañanas, / mientras mi cuerpo se estremezca entre tus manos. / Poco me importan los problemas, / mi amor, / pues tú me amas”. Así comienza esta inmensa canción titulada, acertadamente, Hymne à l’amour, cuya letra escribió Édith Piaf y a la que puso música Marguerite Monnot. Piaf la cantó por primera vez en 1949, en el Cabaret Versailles de Nueva York. Es la propia Édith Piaf quien la interpreta en una secuencia de la película de 1951 Paris chante toujours!

Finalizamos con otra bellísima canción que, diez años después, 1959, compuso y grabó Jacques Brel, una de esas canciones que asociamos inmediatamente al amor. Nos referimos –claro está– a Ne me quitte pas. “No me dejes. /  No voy a llorar, / no voy a hablar, / me esconderé allí / para mirarte / bailar y sonreír, / para escucharte / cantar y luego reír. / Déjame convertirme / en la sombra de tu sombra, / en la sombra de tu mano, / en la sombra de tu perro. / No me dejes”.

Volvemos el lunes. Buen fin de semana.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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