La chanson anterior a 1900

Café en Montmartre (1890), de Santiago Rusiñol

Café en Montmartre (1890), de Santiago Rusiñol

En diferentes entradas hemos hablado ya de los orígenes del cabaret  tanto en París como en Berlín. Decíamos que este –en el sentido contemporáneo de la palabra– surgió de la evolución de los antiguos café-concerts durante la segunda mitad del siglo XIX en Montmartre, La Butte, un reducto parisino que parecía resistirse a los cambios que experimentaba la ciudad en todos los órdenes –y que en lo urbanístico supuso una profunda reforma auspiciada por Haussmann– y conservaba ese ambiente de pueblo, entre bucólico e idealizado, tan alejado del ajetreo de la capital. Atraídos por ello, artistas de todo tipo –que veían como el mundo cambiaba a marchas forzadas– se establecieron allí. Pero, claro, también querían su lugar en ese mundo, querían triunfar en su trabajo.

Baile en el Moulin de la Galette (1889), de Toulouse-Lautrec

Baile en el Moulin de la Galette (1889), de Toulouse-Lautrec

La fama de Montmartre fue aumentado paulatinamente y cada día eran más los burgueses que frecuentaban La Butte, llegando a convertirse esta en una gran atracción en la que cada vez resultaba más difícil épater le bourgeois. El paradigma de esta situación sería Aristide Bruant, el primero en vivir de su imagen –se retiró relativamente pronto y en su local, el Mirliton, actuaban dobles suyos– cuyas canciones contenían una gran carga de crítica social y política y cuyas maneras distaban mucho de las convenciones sociales de la época. Así, se metía con el público si consideraba que lo prestaban la atención suficiente o, sobre todo, si abandonaban la mesa a mitad de alguna de sus interpretaciones. Por supuesto, había también canciones de tema amoroso –cómo no– pues los cabarets proliferaban y había gente para todos los gustos.

Edición de la partitura de “Le temps des cerises” (1867)

Edición de la partitura de “Le temps des cerises” (1867)

Hoy vamos a escuchar algunas de esas primeras canciones –no todas compuestas para cabaret pero sí frecuentemente interpretadas en estos establecimientos– con la única limitación de que todas ellas fueron compuestas antes de 1900. Antes de la Belle Époque ya algunos títulos anticipaban lo que después se conocería como chanson: Plaisir d’amour (1760), Ah! Gardez-moi de me guérir (1800), y la celebérrima y maravillosa Le temps des cerises (1867), son un claro ejemplo de ello. Vamos con la primera y la última de estas tres. Plaisir d’amour, una de las canciones más francesas de la chanson, fue compuesta en 1760 por Jean-Pierre Claris de Florian (letra) y Jean-Paul-Égide Martin (música). Su éxito continúa. Mayor todavía es la fama de Le temps des cerises, una canción de Jean-Baptiste Clément de 1867, que después dedicó a “a la valiente ciudadana Louise” [Louise Michel (1830-1905), anarquista francesa que tuvo un destacado papel en los hechos de la Comuna de París de 1871], con música de Antoine Renard y que por ello ha estado siempre asociada al recuerdo de la Comuna de París (1871). La primera la interpretan André Rieu y la JSO, con las sopranos Carmen Monarcha y Mirusia Louwerse, durante un concierto celebrado en Dresde en 2008. En cuanto a la segunda, es una lástima la poca cantidad de vídeos que hay con actuaciones en directo. Tan bella canción se merece algo más. La versión que incluimos es, de todos modos, fantástica, pues corre a cargo nada menos que de Yves Montand (de su álbum Montand, 1995).

Edición de la partitura de “La chanson des blés d'or” (1882)

Edición de la partitura de “La chanson des blés d’or” (1882)

En la década de 1880, la chanson tenía ya su lugar propio en los café-concerts y en salas de espectáculos y cabarets. Es a partir de esta fecha que proliferan las canciones, muchas de ellas composiciones eternas que nunca pasarán de moda –es lo que tiene la buena música–, canciones como La chanson des blés d’or, Belleville-Ménilmontant y otras más de Aristide Bruant, Le fiacre –que escuchábamos hace poco por Yvette Guilbert–, Le père la Victoire, Je suis pocharde, La sérénade du pavé, Frou-Frou, À la cabane bambou o Les amours frágiles. De todas estas –anteriores a 1900 recordamos– vamos hoy con aquellas de las que hemos encontrado vídeos que pueden ser insertados, si bien algunos de ellos solamente recogen imágenes que acompañan la grabación del tema. Comenzamos con La chanson des blés d’or, canción de 1882 compuesta por Frédéric Doria (música) y letra de Camille Soubise y F. Lemaître, un gran éxito que popularizaron en su tiempo Thérésa y Paulus. La versión que escuchamos corre a cargo del cantante, guitarrista y compositor francés nacido en 1919 Jean Cambon.

Es ahora Yvette Guillbert quien interpreta una canción con música suya. Guilbert musicó a lo largo de su carrera diversos poemas, entre ellos este de Louis Byrec, Je suis pocharde, en 1895, que grabó solo dos años después. La grabación que recoge el vídeo, no obstante, es de 1907.

El siguiente tema, La Sérénade du Pavé, es una canción de 1894 con letra y música de Jean Varney que ha formado parte del repertorio de, entre otros, Eugénie Buffet, Fragson, Claudius o Édith Piaf. Hermosa canción un tanto olvidada de la que no hemos encontrado vídeo alguno en que fuera interpretada en directo. Lástima. Ya incluimos en su día la versión de Eugénie Buffet; hoy escucharemos la de Édith Piaf.

Edición de la partitura de “Frou-Frou” (1898)

Edición de la partitura de “Frou-Frou” (1898)

Finalizamos con Frou-Frou, delicioso vals compuesto en 1898 por Monréal et Blondeau (letra) y música de Henri Chatau para la revista Paris qui marche. Frou-frou es una palabra onomatopéyica que se emplea en Francia desde el siglo XVIII para expresar el sonido que hace la seda y otras finas telas al frotarse entre ellas. De seda y “telas semejantes” se confeccionaban las enaguas que usaban las mujeres francesas. En principio, las amantes, pues las damas de la alta sociedad preferían el algodón. Se supone que este, menos fino y suave, era más apropiado y recatado. Pero en el último tercio del siglo XIX la bicicleta se popularizó especialmente entre las mujeres. Con ella podían moverse con mayor libertad. Por ejemplo, pasear y “perderse” en el Bois de Boulogne. Y, claro, al ir en bicicleta las finas telas rozaban entre ellas, como en los bailes, como en la calle con la acción del viento. Frou-frou, frou-frou… Roce, roza, mejor rocémonos… Probablemente, los que nos siguen habitualmente ya habrán visto el vídeo con que terminamos la entrada de hoy y que hicimos expresamente para este blog, pero hemos decidido incluirlo de nuevo porque las imágenes, creemos, reflejan el ambiente que trata la canción. La versión que escuchamos es de Berthe Sylva en una grabación de 1930.

Hasta mañana.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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