Jacques Offenbach I

Dibujo

Jeanne Granier y Vautier en “Orfeo en los infiernos” (ca. 1860)

Hoy una primera entrada (de tres) dedicada al más grande compositor del mundo de la opereta y del teatro musical: Jacques Offenbach, hasta el punto que en la historia de la música hay un antes y un después desde que en 1855 abriera las puertas de su Théâtre des Bouffes-Parisiens, donde estrenaría la mayoría de sus obras.

Jacques Offenbach

Jacques Offenbach

Offenbach es al teatro musical lo que Beethoven a la música sinfónica o The Beatles a la música pop. Nacido en la ciudad alemana de Colonia en 1819, en 1833 se estableció en París, trabajando como violoncelista de la Opéra-Comique al tiempo que componía para los salones de la capital. En 1847 estrenó su primera ópera cómica, L’Alcôve, pero un año después regresó a su ciudad natal por la Revolución de 1848. De vuelta a París (1850) fue nombrado director de la orquesta de la Comédie Française. Estrenó cuatro óperas cómicas más hasta que en 1855 obtuvo una importante concesión por parte del Estado: la explotación en exclusiva de una sala pública de espectáculos con capacidad para trescientas personas. Nacía así el Théâtre des Bouffes-Parisiens y Offenbach iniciaba su fulgurante carrera que le convertiría en el músico más popular de cuantos han existido. ¿Quién no conoce su cancán de Orfeo en los infiernos?

Pronto el teatro se quedó pequeño para la gran cantidad de gente que quería ver sus obras, buscó nueva ubicación y abrió un nuevo Bouffes-Parisiens. Las mayores dimensiones de la sala le permitían cuatro personajes en escena, frente a los tres de hasta entonces. Lo inauguraba con una “chinería musical en un acto”: Ba-ta-clan. Veamos un fragmento en una producción del Centre Lyrique Clermont-Auvergne.

El éxito le acompañó desde entonces. Solo en 1856 se estrenaron más de diez obras de Offenbach, y un año después conseguía permiso para introducir un quinto personaje en escena. Sus obras, así, eran mucho más ricas y corales. Destaca entre las de este momento, Mesdames de la Halle, opereta cómica en un acto en la que retrata el ambiente de los mercados de París que se estrenó el 3 de marzo de 1858 en el Théâtre des Bouffes-Parisiens. Es su primera obra con coro y un amplio elenco. De ella vemos el número “Au Beau Jour De La Mi-Carême (Raflafla)” en una representación del conservatorio de Carrières-sur-Seine de diciembre de 2010.

A pesar de la buena acogida de sus obras, las deudas le ahogaban. Para conseguir unos cuartos inició una gira con su compañía y, a su regreso en 1858, estrenó Orfeo en los infiernos (Orphée aux enfers) el 21 de octubre, obra que contaba con otra gran novedad: las operetas anteriores constaban de un solo acto, pues la legislación francesa no permitía otra cosa, pero esta tenía nada menos que cuatro, convirtiéndose en la primera opereta larga de la historia. En ella aborda el mito de Orfeo, a través de cual realiza una aguda sátira de la sociedad francesa. Más números, más personajes, más éxito, el mayor hasta entonces. Orfeo en los infiernos es una obra redonda que ya tendremos oportunidad de contemplar entera. Sirva de momento el siguiente avance en el que vemos, y escuchamos, “Il m’a semble sur mon epaule”, más conocido como dueto de la mosca, y lo más famoso de la misma: el cancán final, ambos en interpretación de Natalie Dessay, a quien también dedicaremos una entrada más adelante.

A la prensa conservadora no le gustó la irreverencia de Offenbach. Más morbo, más triunfo. A comienzos de 1862, Offenbach dejó la dirección de las Bouffes-Parisiens para dedicarse solamente a componer. Cuando dos años más tarde Napoleón III decretó la libertad de espectáculos, no pudo más que congratularse. Su portentosa imaginación, su gran talento, su enorme capacidad de composición, se desbordaron y se inició la etapa más brillante y de mayor éxito económico de su carrera. Fue en ese mismo año, 1864, que estrenó una de las mejores operetas de cuantas se han compuesto jamás, que sigue representándose y grabándose: La belle Hélène (La bella Elena). El licencioso mensaje de la obra escandalizó en el momento de su estreno. La obra cuenta la historia de Elena de Esparta, esposa de Menelao, mujer caprichosa y un tanto atolondrada, bella como pocas, o como ninguna, que vivía atada a las rígidas normas de comportamiento que imposibilitan su amorío con Paris y, en soledad, lloraba sus penas mientras en su interior luchaba por llevar adelante sus deseos frente al papel que, como reina y mujer casada, estaba obligada a representar. Nada nuevo. Pero Offenbach invirtió los roles y montó una extravagante historia en la que Elena no era más que una frívola mujer, Menelao un cornudo y el sumo sacerdote un corrupto. También la veremos entera más adelante. Ahora, un adelanto: el final del segundo acto en una producción de la Opera de Lausanne de diciembre de 2008 con Maryline Fallot en el papel de Elena.

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Acerca de Manuel Cerdà

Historiador y escritor.
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